Libros y Café con Adriana Muela
Lectura, entrevista, música, arte, poesía, reflexiones y recomendaciones para inspirar tu día a día.
Carta Editorial
La lectura es un lugar al que volvemos para entendernos, para calmarnos, para mirar el mundo con otros ojos. Y esta revista existe justo para eso: para recordarnos que las historias están vivas, que nos acompañan y que tienen la fuerza de cambiar nuestro día, a veces incluso nuestra vida entera.
En cada edición te invitamos a detenerte unos minutos, a respirar con una taza de café en la mano y a leer con calma. Aquí conviven libros, música, arte, diseño, recetas, cotidianidades y reflexiones que buscan algo simple: que la cultura sea una compañía cercana y real.
Gracias por estar aquí. Por leer, por sentir y por dejarte sorprender.
Que esta edición te encuentre justo donde lo necesitas.
— Adriana Muela
Vivir para escribir, escribir para vivir
Por Adriana Muela
Cuando una conversación también se convierte en lectura
Hay encuentros que no se sienten como entrevistas, se sienten como conversaciones que se van quedando contigo. Así fue acercarme a la voz de Rayo Guzmán. Más que hablar de un libro, fue como abrir una puerta a una forma de mirar el mundo donde las historias no solo se cuentan, se habitan.
Hay algo en su manera de escribir que no busca suavizar las cosas, al contrario, se permite incomodar, detenerse en lo que duele, en lo que no siempre sabemos nombrar. Y eso, lejos de alejarte, te acerca, porque hay historias que no están hechas para ser cómodas, están hechas para ser necesarias.
Coyote balcánico es una de ellas. Una novela que, desde el inicio, te coloca en un territorio donde dos mundos se cruzan: México y Serbia, pero no como una postal, sino como un recorrido real, con todo lo que implica habitar dos culturas distintas, con sus formas de amar, de entender y de sostener la vida.
Escuchar a Rayo Guzmán es entender que sus personajes no nacen desde la superficie. Hay una intención clara de explorar lo emocional, lo espiritual, lo que se queda cuando todo lo demás se rompe, y eso se siente en la historia de Eloisa y Darko, en ese vínculo que no es solo amor, sino también confrontación, distancia e identidad.
Algo que me llamó especialmente la atención es cómo logra entrelazar lo cotidiano con lo simbólico. No necesitas entender todo desde el inicio, el libro te va llevando, te va pidiendo que confíes, que te dejes estar en ese recorrido donde lo místico también tiene un lugar, pero sin imponerse, más bien como un susurro constante que acompaña.
Y creo que ahí es donde la lectura se vuelve experiencia, porque no solo estás leyendo lo que pasa, estás sintiendo lo que se mueve. Estás viajando, sí, pero no solo entre lugares, también entre emociones, entre decisiones, entre silencios.
Hay libros que terminas y cierras, y hay otros que se quedan abiertos en ti, aunque ya no tengas las páginas enfrente. Coyote balcánico es de esos.
Por eso hoy, más que recomendarte un libro como quien cumple con una lista, me gusta compartirlo como quien comparte una conversación que valió la pena, de esas que no necesariamente te dejan respuestas, pero sí te dejan pensando.
Y quizá eso es lo que más disfruto de leer: no salir igual.
Festejar el día del libro puede ser una gran oportunidad
Por Adriana MuelaLo que los libros han hecho conmigo
Hay algo que no digo lo suficiente: los libros no llegaron a mi vida como un hábito, llegaron como una necesidad. No como algo que “tenía que hacer”, sino como un lugar al que podía ir cuando no entendía lo que estaba sintiendo, y creo que por eso, cuando se habla del Día Internacional del Libro, no puedo quedarme en la celebración, no me sale, porque para mí leer nunca ha sido solo leer, ha sido detenerme, encontrar palabras que yo no tenía, escuchar a alguien más decir exactamente lo que yo no sabía cómo explicar.
A veces pensamos que los libros están ahí para enseñarnos algo, pero con el tiempo he entendido que muchas veces están para acompañarnos, para sostenernos en momentos donde todo parece confuso, o incluso para incomodarnos cuando ya es momento de cambiar algo, y es curioso porque el libro, como objeto, ha cambiado a lo largo del tiempo, ha tenido distintas formas, distintos materiales, distintas maneras de existir, pero hay algo que no cambia: su capacidad de conectar tiempos, personas, pensamientos.
Leer es una de las pocas formas que tenemos de escuchar voces que ya no están, de entender otras épocas, de asomarnos a vidas que no son la nuestra, y eso, sin darnos cuenta, va ampliando nuestra forma de ver el mundo. Recuerdo una tarde cualquiera, sentada con un libro abierto sin prisa, sintiendo que no estaba en ese lugar sino en otro completamente distinto, y entendiendo que a veces no hace falta moverse para viajar, que basta con detenerse lo suficiente para dejar que una historia te alcance.
Cuando leo no solo imagino historias, también me imagino a mí en ellas, me cuestiono, me incomodo, me encuentro. Y también hay algo que no quiero dejar fuera: el libro en sí, el objeto, el momento de abrirlo, el olor de las hojas, la textura, la forma en la que puedes volver a una página como si el tiempo no hubiera pasado, hay algo muy íntimo en eso, muy tuyo.
Leer se vuelve entonces una especie de conversación interminable. Lo que empieza en unas páginas no termina cuando cierras el libro, se queda, se mueve contigo, a veces cambia la forma en la que hablas, otras veces la forma en la que miras.
Por eso, más que hablar del Día del Libro como una fecha, me gusta pensar en lo que hago con lo que leo, porque leer no me hace mejor persona, pero sí me deja sin pretexto para no cuestionarme, y quizá ahí está lo importante, no en cuántos libros leo, sino en cuánto dejo que me transformen.
Hoy no quiero recomendarte un libro. Quiero invitarte a algo más sencillo, pero más honesto: a leer con intención, a leer para entenderte, a leer para cuestionarte, a leer para acompañarte, porque a veces una página es suficiente para empezar algo que no sabías que necesitabas.
Miscelánea
Por Vanessa Castro
Todos
Cuando el silencio deja de ser neutral y se convierte en complicidad, la violencia deja de ser ajena.
La población masculina de México supera los 62 millones de hombres. La población total de Francia también ronda esa cifra. Uso esta comparación para dimensionar lo que cuesta asimilar que una sola página de internet haya alcanzado, en apenas un mes, un volumen de visitas equivalente a un país entero. No es una metáfora cómoda. Es un golpe directo a la conciencia.
La cadena noticiosa CNN publicó recientemente un reportaje sobre este sitio. Lo verdaderamente inquietante no es solo su existencia sino la normalización de su contenido. Se trata de un espacio donde se instruye a hombres sobre cómo drogar y abusar de mujeres. Hay foros que detallan procedimientos, intercambian recomendaciones y describen sustancias capaces de anular la voluntad durante horas sin dejar rastro evidente. Todo se presenta con una frialdad técnica que hiela la sangre. Como si se tratara de una receta o de un tutorial inofensivo.
El nivel de organización resulta aún más perturbador. No solo comparten información. Ofrecen facilidades para adquirir estas sustancias mediante envíos discretos y accesibles. Por una cantidad mínima se abre la puerta a videos que documentan estas agresiones, convertidas en espectáculo y mercancía. Y por si no bastara, invitan a los usuarios a compartir sus propias experiencias, creando una comunidad que valida, amplifica y perpetúa la violencia.
Al enterarme de esto sentí miedo. Un miedo concreto, incómodo, imposible de ignorar. Cómo se reconoce a quienes participan en estos espacios. Cómo se distingue entre quienes conviven todos los días con nosotras y quienes consumen, aprenden y replican estas prácticas. La pregunta no es exagerada. Es urgente. Porque no hablamos de casos aislados sino de una cultura que encuentra refugio en el anonimato digital.
Surgen muchas preguntas y pocas respuestas. Lo más inquietante es la reacción habitual que intenta diluir la responsabilidad con frases que buscan tranquilizar conciencias. No todos son así, dicen. Pero esa defensa se vuelve insuficiente cuando el silencio protege, cuando la indiferencia permite, cuando la burla minimiza. Callar frente a la violencia no es neutral. Es elegir un lado. Y en ese gesto, aunque no sean todos, el silencio y la inacción terminan por convertirlos en todos. La complicidad no siempre grita. A veces se sienta a un lado y no hace nada. Y eso también cuenta.
Este mensaje va dirigido especialmente a quienes se consideran fuera de ese grupo. No basta con no participar. Hace falta intervenir. Señalar. Romper la comodidad de los espacios donde se habla de las mujeres con desprecio o violencia. Cuestionar a los amigos, a los compañeros, a los conocidos que cruzan la línea y pretenden que todo siga igual. La incomodidad no es el problema. El problema es la permisividad.
La violencia no crece sola. Se alimenta de lo que se tolera. Y lo que se tolera termina por volverse norma. Por eso la responsabilidad no puede seguir fragmentándose hasta desaparecer. Si de verdad no son todos, entonces que se note. Que se escuche. Que incomode. Porque mientras exista un solo espacio donde esto se enseñe, se compre y se celebre, el riesgo es real para todas.
Espresso poético
Por Karla Neavez
7 cosas que pasan cuando empiezas a ser visible
(y nadie te advierte)
Querías que te leyeran. Y empezó a pasar. Pero nadie te dijo cómo se iba a sentir cuando fuera real.
Hay un momento muy raro cuando algo que querías empieza a ocurrir. No es como lo imaginabas: no se siente épico, no hay música de fondo. Es más como darte cuenta, de golpe, de que la gente sí te está leyendo. De verdad. Alguien te dice “esto que escribiste me pegó mucho” y tú te quedas pensando que no creías que nadie lo iba a entender tanto. Y ahí empieza algo que nadie te explicó.
01
Empiezas a sobrepensar todo lo que publicas
Antes escribías y ya. Ahora escribes y luego pasas horas preguntándote si fue demasiado, si eres tú o una versión editada de ti, si te expusiste de más. El proceso que antes era instintivo se vuelve consciente, y eso cambia algo en cómo te mueves.
02
Hay días en los que conectar se siente increíble… y otros en los que quieres desaparecer
La visibilidad no es constante en cómo se vive. Algunos días alguien te escribe algo que vale todo. Otros quieres cerrar todo y volver a cuando escribir era solo tuyo, sin expectativas ni esa presión rara que no sabes bien de dónde viene. Ambas cosas son reales al mismo tiempo.
03
La gente empieza a formarse una idea de ti
De cómo piensas, de cómo amas, de quién eres. El problema es que tú estás en pleno proceso de entender eso también. Que alguien tenga una versión de ti más clara que la tuya propia puede sentirse extraño, a veces incómodo, a veces halagador. Generalmente las tres cosas a la vez.
“Antes escribir era íntimo, ligero, casi secreto. Ahora también es exposición, interpretación y, aunque no quieras, cierta responsabilidad.”
04
Lo que escribiste deja de pertenecerte del todo
Una vez que algo está afuera, la gente lo interpreta, lo comparte, lo saca de contexto, lo usa para entenderse a sí misma. Ya no es solo tuyo. Eso puede sentirse liberador o puede sentirse como una pequeña pérdida, dependiendo del día y de lo que publicaste.
05
Aparece la duda: ¿de verdad querías esto?
No es que no lo quieras. Es que te gustaba la idea más que la realidad, y ahora tienes que decidir si la realidad también te gusta. Esa pregunta no tiene respuesta fácil, y está bien que tarde en contestarse.
06
Tu relación con la escritura cambia para siempre
Ya no puedes volver a escribir como si nadie fuera a leer. Aunque técnicamente puedas, lo sabes. Y saber eso transforma el acto. No necesariamente para mal, pero sí para diferente. La inocencia de escribir sin audiencia no regresa, y encontrar una nueva forma de libertad dentro de eso es parte del proceso.
07
El miedo no desaparece — solo cambia de forma
Al principio tienes miedo de que nadie te lea. Después tienes miedo de que sí. Luego miedo de decepcionar, de repetirte, de perder la voz que te hizo llegar hasta aquí. El miedo es señal de que algo importa, no de que algo está mal. Y eso es lo más honesto que alguien puede decirte sobre crecer en público.
Crecer no se siente como un aplauso. Se siente como un poquito de vértigo, un poquito de duda, y aun así seguir. Si estás en ese momento raro donde lo que querías ya está pasando y no sabes bien cómo manejarlo — bienvenida. Nadie sabe bien cómo manejarlo. Solo se aprende estando en ello.
Marginalia
Por David Salinas
Tener una biblioteca
Los libros siempre han sido símbolos de estatus. Antes de la invención de la imprenta, todos los libros tenían que escribirse a mano, por lo que estaban muy por afuera del alcance de la persona común. Con el paso del tiempo y la invención de nueva tecnología, tener una colección de libros se ha vuelto más accesible, pero aún así, es un gasto que no todos pueden solventar.
Por esta razón, una biblioteca puede ser invaluable, una forma de dar acceso a conocimiento y herramientas que den la posibilidad de conectar con otros y construir un mejor futuro. Al mismo tiempo, el impulso coleccionista también nos puede llevar a querer una biblioteca propia, poblada de nuestros propios gustos e intereses.
Para formar una colección de libros de forma accesible, y sin recurrir a la piratería, se pueden comprar libros digitales, ya que el costo de impresión de los libros deja de ser un factor en el precio. El problema es que si formas tu colección de esa manera, esa biblioteca en realidad no es tuya.
Por lo general, cuando uno compra un libro digital, lo que está comprando realmente es una licencia, un permiso para acceder al libro, pero no el libro en sí. Los candados digitales (DRM) impiden que abras tu libro en aplicaciones o dispositivos no autorizados, que puedas prestarle tu libro a alguien más, y lo peor, si Amazon, Rakuten, o quien sea que te vendió el libro ya no lo quiere tener disponible, puedes perder acceso al libro que en teoría ya compraste.
Si lo que queremos es una colección y no solo acceso a lecturas, si lo que nos gusta es tener y ser dueños de una selección personalizada de objetos, el libro impreso sigue siendo la única opción. La colección y la lectura son dos cosas diferentes, cuando lo vemos así. Comprar un libro (o conseguirlo de alguna otra forma) toma menos tiempo que leerlo, y por eso muchos terminamos con una colección que crece más rápido de lo que la leemos. Por eso hay quienes dicen que son dos pasatiempos distintos.
Podrá ser verdad que algunos de los libros en los estantes no estén leídos, y tal vez algunos nunca se vayan a leer, pero ese no es lo único que le da legitimidad a la colección. El esfuerzo que implica conseguir los libros hace que la biblioteca personal implique tener un criterio. Coleccionar significa preservar lo que consideramos importante, pero no solo para nosotros sino también para compartirlo. Por eso guardamos nuestros libros en un estante y no en un cajón. Tener una biblioteca personal, entonces, no es solamente una forma de acceder a la lectura, sino una forma de expresarnos y de crear memoria.
Lecturas Que Te Salvan del Aburrimiento
Por Mariajose Lopez Mena
Hola lector 🌍✨
Abril es un mes especial que nos invita a cuidar nuestro planeta 🌱💚. Pero más allá de las acciones externas, vale la pena hacernos una pregunta diferente: ¿qué pasaría si el verdadero cambio empieza dentro de nosotros? 👀🧠
Este mes quiero compartirte un libro que me dejó completamente fascinada 🤯: Deja de ser tú de Joe Dispenza 📖✨. No es un libro cualquiera, es una invitación a transformarte.
La idea central es poderosa, se trata que nuestro cerebro tiene la capacidad de cambiar gracias a la neuroplasticidad 🧠⚡. Esto significa que no estamos “programados” de forma fija, sino que podemos crear nuevas conexiones neuronales a través de nuestros pensamientos, emociones y hábitos. En pocas palabras podemos reinventarnos hacia la versión que más deseamos 😳💫.
Lo más impactante es entender que nuestros pensamientos y emociones no solo reflejan nuestra realidad, sino que también la construyen 💭❤️. Cuando aprendes a dirigirlos y a observarlos, podrás empezar a cambiar la forma en la que experimentas tu vida y en la que percibes. Imagínate poder experimentar todas las emociones que deseas … sin depender de lo externo y de los demás ✨.
Y aquí es donde todo conecta con el planeta 🌍💚. Porque cuando una persona cambia por dentro, cambia su manera de actuar afuera. Se vuelve más consciente, más empática, más responsable. Entonces automáticamente mejores decisiones es el resultado , no sólo para uno mismo, sino también para el mundo que la rodea 🌱🤝. Y eso, es lo mejor!
Al final, cuidar el planeta no es solo una serie de acciones físicas… es una forma de ser 💫. Es entender que el impacto real comienza en nuestra mente, en nuestros hábitos y en cómo elegimos vivir cada día.
EsencIA de café
Por Guillermo García MuelaTu Mamá ya no te pregunta, te googlea
Antes las madres sabían cosas imposibles. Sabían si habías llorado aunque contestaras “todo bien”, si traías fiebre con solo tocarte la frente, si estabas enamorado por cómo dejabas la cuchara en la mesa. Había una inteligencia doméstica que no venía en manuales ni en servidores, venía en la mirada. Hoy esa sabiduría íntima empieza a competir con otra cosa: una pantalla que lo sabe todo, pero no te conoce mi. Y ahí, sin darnos cuenta, estamos dejando que la memoria afectiva de la casa se vaya mudando a los algoritmos.
Ahora la duda ya no pasa por la sobremesa, pasa por el buscador. Ya no le preguntas a tu abuela cómo curaba el insomnio, buscas “mejor rutina de sueño según IA”. Ya no recuerdas el cumpleaños de alguien, te lo recuerda una app. Ya no memorizas los gustos de quien amas, los memoriza una plataforma y te sugiere qué regalarle. Todo parece práctico, hasta que un día descubres que la tecnología empezó a recordar por ti y, con eso, también empezó a querer por encargo. No de la forma noble del cariño, sino de la forma administrativa del dato.
Hay algo triste en eso. No porque recordar fechas o hábitos sea el centro del amor, sino porque eran pruebas pequeñas de atención. Acordarte del pan que le gusta a tu padre, del lado de la cama donde duerme mejor tu hija, del miedo absurdo que todavía tiene tu hermano desde niño, eso era una forma de decir: te tengo presente incluso cuando no estás enfrente. Ahora delegamos esa carga a sistemas que nunca olvidan, pero tampoco sienten el peso de lo que guardan. La IA archiva perfecto, pero no extraña. Y extrañar siempre fue una de las formas más nobles de la memoria.
No estoy defendiendo la torpeza romántica de vivir sin herramientas. Bendita sea la tecnología cuando ayuda a cuidar, a organizar medicamentos, a detectar cambios de salud, a anticipar riesgos o a sostener a familias rebasadas por el cansancio. Pero una cosa es usar inteligencia artificial para cuidar mejor y otra muy distinta usarla para dejar de mirar. Lo primero es avance. Lo segundo es renuncia. Porque en muchas casas ya no estamos presentes, solo sincronizados. Y estar sincronizados no equivale a estar juntos.
Quizá la herida no se vea hoy. Tal vez se vea dentro de años, cuando tengamos generaciones enteras rodeadas de asistentes brillantes, pero huérfanos de observación humana. Niños que aprendieron a hablar con dispositivos antes que con sus padres. Adultos que saben todo sobre productividad y casi nada sobre el silencio de su propia casa. Familias donde nadie olvida nada, pero casi nadie nota nada. Y una familia que ya no nota, empieza a romperse sin escándalo.
La IA puede ayudarte a no olvidar el aniversario. Pero no puede hacer que te importe. Puede decirte qué síntomas vigilar. Pero no puede tocar una puerta a medianoche porque presintió que algo no estaba bien. Puede resumir la vida. Pero no puede vivirla contigo. Por eso el asunto no es tecnológico, es moral. La pregunta no es cuánto puede recordar una máquina. La pregunta es cuánto estamos dispuestos a seguir recordando nosotros, por amor y no por sistema. Porque el día que en una casa todos sepan todo de todos gracias a un algoritmo, pero nadie se conozca de verdad, el problema no será la inteligencia artificial. Será el olvido emocional con el que aprendimos a vivir.
Fluye con Rosa Muela
Por Rosa Muela
Cápsula
C. Lo que Nadie Ve
A veces vemos a alguien lograr algo grande…
y pensamos que fue fácil.
Que tuvo suerte.
Que “se le dio”.
Que todo le salió bien.
Pero casi nunca vemos lo que hubo detrás.
No vemos las dudas.
No vemos el miedo.
No vemos el cansancio,
los tropiezos,
la disciplina
ni la constancia que tomó llegar hasta ahí.
Y eso también pasa contigo.
Tal vez hay cosas que hoy aún no florecen…
pero eso no significa que no estés avanzando.
Porque muchas veces, el proceso más importante
es el que nadie aplaude,
el que nadie ve,
pero que te está formando por dentro.
Así que no minimices tu camino.
Porque detrás de cada logro verdadero,
siempre hubo mucho más que “suerte”.
Fluye, y seguimos creciendo juntos.
La Cueva del Oso
Por El Oso
Frizzante casero: Menos refresco y más “bicho” esta primavera 🥂✨
Si el arte es transformar la realidad y la literatura es viajar sin moverse, la fermentación es pura alquimia en tu cocina. Básicamente, es un reventón de microorganismos (bacterias y levaduras buena onda) que se “echan” los azúcares para crear sabores complejos y —mi parte favorita— ¡ese toque frizzante natural! Es el arte de colaborar con lo invisible para crear vida.
Como antídoto al sol de primavera y para refrescar el paladar, es momento de romper con los refrescos ultraprocesados y reconectar con lo natural. Vamos a armar un Ginger Bug (o “bicho de jengibre”). Es un cultivo iniciador: una colonia de levaduras silvestres que viven en la piel del jengibre y que funcionan como tu propia “fábrica” de gas natural.
Mas sencillo no puede ser:
En un frasco de vidrio, mezcla 2 tazas de agua, 1 cda. de jengibre rallado (con cáscara, ¡ahí está el mero sabor!) y 1 de azúcar.
Tápalo con una telita y déjalo en la barra de tu cocina, que no le dé el sol directo.
El ritual: Durante 5 días, “aliméntalo” diario con otra cucharada de jengibre y otra de azúcar.
Cuando veas espuma y escuches un siseo: ¡Ya quedó!
¿Cómo se usa? Cuela una parte de tu “bicho” y mézclalo con jugos o infusiones frías en botellas con cierre hermético. Déjalas fuera un par de días para que se pongan frizzantes y luego refrigera. ¿Lo mejor? Es eterno. No lo tires; repón el líquido usado con agua fresca y sigue alimentándolo. Es como una mascota, pero esta te hace sodas artesanales de autor.
Si esto te obsesionó tanto como a mí, tienes que leer “El arte de la fermentación“ de Sandor Katz. Es un libro fregoncísimo que nos enseña que fermentar es un manifiesto para recuperar nuestra soberanía alimentaria. Katz te quita el miedo a las bacterias y te invita a ver tu cocina como un laboratorio de arte vivo. ¡Y a darle, porque ese bicho no se alimenta solo! 🧪🔥
Pingüino Rodríguez
Por Hugo López
Mis guitarras y yo (Parte I)
Por muchos años pensé que el precio del instrumento que debía comprar tenía que ser directamente proporcional a mi destreza para tocarlo. Recuerdo lo que me dijo un colega músico por allá del 2014 cuando le compartí esto: “No pos ese es un criterio muy jodido”. Hoy estoy de acuerdo con él.
He tenido el honor de que varios amigos me llamen para pedirme opinión y ayudarles a seleccionar la guitarra para sus hijos e hijas. En varias ocasiones he ido con ellos a la tienda para que las prueben. Para la segunda ocasión me vi repitiendo una idea: al comprar una guitarra te tienes que fijar en cuatro cosas…
Que te guste cómo suena
Que te guste cómo se siente (en tus manos)
Que te guste cómo se ve
Que te alcance $ (en esos casos, a su papá)
Yo no fui adquiriendo mis guitarras siguiendo estos criterios.
Mi primera guitarra yo no la pedí; ni siquiera la esperaba. Desde los 7 años, mi instrumento había sido el teclado, el piano. Y no fue hasta los 16, regresando de estudiar fuera un semestre de prepa, que mi hermano, al enseñarme la hermosa batería TAMA que mi Abuelo recién le había comprado, me dijo: “Ah y mira. Esa guitarra, es tuya. Te la compró mi Abuelo”.
Jamás había tenido una guitarra. Solo sabía tocar 3 acordes (Sol, Re y Do) y una versión lenta y sucia del arreglo inicial de “Sweet Child” que me había enseñado un tal Artemio en un Congreso de Líderes del Mañana de la escuela. Era una Tres Pinos y le habían hecho un hoyo en la parte de abajo del cuerpo para ponerle una pija donde enganchara el talí (que por cierto se escribe correctamente tahalí, pero me hubiera visto mal escribirlo así directo, como si siempre lo hubiera sabido).
Con esa guitarra mi mismo hermano baterista, y gracias a que estaba en la rondalla de la escuela, me enseñó el resto de los acordes de la escala mayor, y a partir de ahí aprendí solo —con amigos, en fiestas y con cancioneros— el resto de los acordes que son prácticamente los que hoy me sé. Con ella saqué todas las canciones de Guns y Metallica que mi nivel de destreza me permitía. Las power ballads de los 80 y 90. Las de Serrat, Piano Man, y tímidamente intenté componer alguna canción para que en mi banda de rock “Entoria”, sacáramos originales. Nunca acabé ninguna. Esa fue la guitarra que me llevaba a las quintas, ranchos, cocheras, a Real de 14, a Chiapas y mis hermanos, a los coros de iglesia en los que estuvieron. Esa guitarra, como todas, ya era mi compañera, pero como dijo Cohen, “I never in a thousand years thought of myself as a musician or a singer”. Menos guitarrista. Por ahí de 1999 se perdió en alguna fiesta sin enterarme, y nunca, hasta este momento, había pensado en dónde estará, quién la tendrá y qué canciones tocarán en ella. Gracias mi Tres Pinos. Y gracias de nuevo, Güelito.
Entre el 2000 y el 2005 tuve una Ovation color sunburn. Muy bonita. La compré en Montebelo. Donde mi Abuelo había comprado también los instrumentos ya mencionados. Mi primera guitarra con cuerdas de acero, electroacústica, con la que me aventé a sacar canciones ya de varios géneros, con la que toqué en un par de bares acompañando a una cantante, la que me llevé a Tulum, la que en el 2005 le vendí a Uriel, con todo y estuche duro original y diciéndole “cuídala mucho cabrón” al entregársela. Con ella saqué Redempton Song, Father and Son, Cat’s in the Cradle y no sé cuántas más. No la vendí por dinero. Creo que me cansé de que se me resbalara (por esa pancita característica de las Ovation) y un poco de las gruesas cuerdas de acero esos dedos que no lograban desarrollar los callos de ahora. Me dio mucho y le agradezco. Lo más importante: con esa guitarra le canté a Paula sus primeras canciones de bebé.
Fue como unos 3 años después — el único periodo de mi vida en el que no he tenido guitarra desde los 16 años — que un día, pasando por DURC en Gómez Morín, entré a la tienda, probé unas 3 opciones y, basándome principalmente en el precio, compré La Sevillana por $3,100 pesos. Recuerdo claramente que la compré porque, impulsiva, intuitiva y determinantemente pensé: “No puede ser que en mi casa no tenga una guitarra”.
Esa guitarra es la que hoy está en la sala de mi casa paradita en su stand y es con la que toco todos los Domingos por la mañana mientras la casa duerme y me tomo mi café. Con esa le canté tanto a Pau y a la recién llegada Lu. Esa fue la que también ellas agarraron por primera vez y experimentaron el sonido de unas cuerdas de nylon. Esa es la que, al Pau tocar dos acordes sin mayor pretensión, y mientras Luciana balbuceaba con ritmo, palabras en su propio idioma, yo decidí darle fin a mi cobardía como cantautor. Con ella canalicé Mi Montaña, Viajemos, y todas las canciones de ese disco. Muchas del segundo también. La Sevillana tiene el brazo grueso, cansa, invita a pasear por los trastes con confianza y le gusta cómo suena a quien la agarra. Se conecta, pero ya no le funciona la pastilla. Con ella alcancé a tocar en la primera tocada en público de Las Historias del Carbono en un lindo patio, un primero de Marzo del 2014.
Pensé que me podría hablar aquí de las 5 guitarras que me faltan, pero otra vez, tanto en la vida, como en la escritura, hay límites que respetar, y otra vez me pasé de las 900 palabras carajo.
(continuará en el artículo del siguiente mes)
Artepuerto
Por Ninfa Romero
Ir al museo no es cosa del pasado.
Igual que el beso en la boca, ir al museo no es cosa del pasado. Cada 18 de mayo celebramos el Día Internacional de los Museos con invitaciones a visitarlos, recorrer sus salas y acercarnos al arte, a la ciencia, a la historia; pero más allá de la celebración, vale detenerse en una pregunta no tan cómoda: ¿qué es exactamente lo que vemos cuando entramos a un museo?
Es común pensar en los museos como guardianes del pasado, como si las vitrinas, los capelos y los muros aseguraran una especie de “verdad intacta”. Sin embargo, lo que en estos espacios se exhibe no es el pasado tal cual ocurrió, sino una construcción. Cada pieza elegida, cada ficha técnica, cada recorrido posible responde a decisiones: qué se muestra, qué se omite, qué se enfatiza y desde qué mirada se cuenta.
Un museo no es solo un lugar de resguardo. Es, sobre todo, un espacio de encuentro, de diálogo y de interpretación.
Y en ese sentido, el museo funciona como un archivo vivo: no conserva de manera neutral, sino que organiza, traduce y reconfigura constantemente aquello que entendemos como memoria. Lo que hoy experimentamos en una sala no corresponde a la lectura que hubiéramos tenido hace veinte o treinta años, ni será igual dentro de otros diez o veinte. Los públicos cambiamos, los contextos se transforman y, con ellos, también lo hacen las narrativas que los museos proponen y construyen.
Pero esto, lejos de ser un problema, es lo que permite que los museos sigan siendo relevantes. El conflicto aparece cuando olvidamos que estamos frente a una interpretación y asumimos que lo que vemos es una versión única, cerrada o definitiva.
Porque si algo define a los museos hoy, es precisamente su capacidad de moverse entre tensiones: entre lo que conservan y lo que actualizan, entre el pasado y el presente, entre la autoridad institucional y las nuevas formas de mirar.
En los últimos años, muchas instituciones han comenzado a cuestionar sus propios relatos. Han abierto espacio a voces que antes no estaban representadas, han revisado sus colecciones desde perspectivas distintas y han replanteado la forma en que dialogan con sus públicos. No se trata solo de exhibir objetos, sino de generar preguntas y nuevas formas de relacionarnos con sus acervos, contenidos y activaciones.
En ese proceso, también han tenido que replantear su vínculo con las audiencias. Ya no se trata únicamente de atraer visitantes, sino de dialogar con públicos diversos en medio de la inmediatez y la saturación tecnológica; esto implica pensar en mediaciones más abiertas, en experiencias menos rígidas y en la posibilidad de que el museo deje de ser un espacio distante para convertirse en un lugar habitable y cercano.
En países como México, donde la cultura y las artes no siempre ocupan un lugar prioritario en la agenda pública, esta labor adquiere otra dimensión. Sostener un museo abierto, activo y relevante implica, muchas veces, trabajar a contracorriente: formar públicos, insistir en la importancia de la experiencia cultural y generar espacios que, aun con limitaciones, sigan apostando por el pensamiento, la memoria y la sensibilidad.
Y ahí es donde el museo plantea, quizá sin decirlo, una exigencia distinta: la de detenernos frente a una obra, frente a un texto, frente a una historia que no siempre es sencilla ni inmediata. Tal vez por eso, más que pensar en los museos como lugares que guardan el pasado, convendría mirarlos como espacios que lo activan. Lugares donde la memoria no está fija, sino en constante movimiento; donde lo que se exhibe no solo se contempla, sino que se interpreta, se cuestiona y, en cierta medida, se vuelve a escribir.
Porque al final, visitar un museo no es solo mirar lo que está ahí, sino entender desde dónde está siendo mostrado y ejercer la libertad de hacer con ello lo que mejor nos venga bien.
Y eso, eso es lo que al final, cambia por completo la experiencia… ¡Feliz Día Internacional de los Museos!













