Libros y Café con Adriana Muela
Lectura, entrevista, musica, arte, poesía, reflexiones y recomendaciones para inspirar tu día a día.
Carta Editorial
La lectura es un lugar al que volvemos para entendernos, para calmarnos, para mirar el mundo con otros ojos. Y esta revista existe justo para eso: para recordarnos que las historias están vivas, que nos acompañan y que tienen la fuerza de cambiar nuestro día, a veces incluso nuestra vida entera.
En cada edición te invitamos a detenerte unos minutos, a respirar con una taza de café en la mano y a leer con calma. Aquí conviven libros, música, arte, diseño, recetas, cotidianidades y reflexiones que buscan algo simple: que la cultura sea una compañía cercana y real.
Gracias por estar aquí. Por leer, por sentir y por dejarte sorprender.
Que esta edición te encuentre justo donde lo necesitas.
— Adriana Muela
Cuando el alma decide quedarse
por Guillermo García Muela
Centro de Rehabilitación Infantil Teletón 27
Hay cicatrices que no estorban, sostienen. Fernando Landeros lo aprendió en carne viva, cuando la vida le arrebató a sus padres, cuando el cáncer volvió en 2020 y lo encontró con tres hijos de cinco años preguntándole sin palabras si su papá estaría mañana. Ese día sintió cómo la existencia cambia de color en un segundo y cómo el miedo puede volverse motor cuando uno ama de verdad. De ahí nació MaPa, no como libro, sino como evidencia de un padre que se niega a desaparecer de la historia de sus hijos.
Él no se formó entre aplausos, se formó entre noches que huelen a hospital, entre despedidas sin ruido, entre esa necesidad urgente de que la vida tenga sentido más allá de él mismo. Por eso su obra pública, el Hospital Infantil Teletón de Oncología, el Centro de Autismo Teletón y cada Centro de Rehabilitación Infantil Teletón, no son monumentos, son respuestas. Y una de esas respuestas abrió sus puertas el 25 de noviembre de 2025, el CRIT número 27 en Los Cabos, Baja California Sur. Un refugio que será hogar emocional para familias que llevan años sosteniéndose con las uñas.
Ese centro no nació solo de planos, nació de sus heridas. De la memoria de una madre que ya no está. Del abrazo que ya no se repetirá. De las veces que la incertidumbre lo dobló sin romperlo. Por eso el CRIT 27 no es un edificio, es un pedazo de alma puesto en concreto. Cada pasillo está hecho de sus silencios, de sus dudas, de su voluntad de seguir aunque la vida más de una vez quiso detenerlo. No es una obra más, es la prueba viva de que la fragilidad, bien asumida, puede mover montañas y convertir el miedo en camino.Y entonces dejo que la verdad hable sola, todo lo que lleva su nombre respira y no porque sume centros, sino porque suma vidas. Los espacios que ha construido no cuentan historias de arquitectura, cuentan historias de supervivencia, cada niño que vuelve a levantarse, cada familia que recupera un futuro, cada abrazo que nace donde antes solo había cansancio, confirma algo enorme y sencillo a la vez: Fernando Landeros no levanta edificios, levanta destinos.
Su nombre completo, Pedro Fernando “Chobi” Landeros Verdugo, guarda algo que él quizá no ha visto, hay letras que representan lo vivido y letras que señalan lo que aún falta por venir.Una especie de recordatorio íntimo de que su historia no está terminada, que lo que falta por construirse también lo está esperando y que la vida, en un acto de justicia silenciosa, siempre encuentra la manera de regresarle fuerza a quien nunca dejó de darla.
El CRIT 27 lo hizo a él tanto como él lo hizo posible. Porque hay hombres que se cansan y hay hombres que se quedan. Y cuando el alma decide quedarse, todo lo demás se pone de pie.
Leer este texto es comprender que hay obras que no nacen para observarse desde la distancia, sino para acompañarse desde el reconocimiento humano. MaPa, de Fernando Landeros, pertenece a ese territorio donde la palabra no busca ornamento, sino sentido. No es un libro que explique la paternidad: la expone; no la idealiza: la sostiene.
En sus páginas, la fragilidad se convierte en una forma de presencia y el amor en una decisión cotidiana. Leerlo es asomarse a una historia personal que, sin proponérselo, se vuelve colectiva, porque habla del miedo, de la permanencia y de esa fuerza silenciosa que aparece cuando alguien decide quedarse.
Esta recomendación dialoga con este texto desde el mismo lugar: la convicción de que hay historias que no buscan reconocimiento, sino verdad. Historias que nos recuerdan que la vida, aun atravesada por la pérdida, puede seguir siendo fértil y transformarse en acción.
— Adriana Muela
MaPa, de Fernando Landeros
Disponible aquí: https://a.co/d/8eQMkz4
Miscelánea
Por Vanessa Castro
Finales
Uno nunca sabe cuándo es la última vez. Hace no mucho, mi hija me preguntó: “Mamá, ¿te acuerdas de la última vez que fuiste a un antro?”. La pregunta me tomó por sorpresa. Obviamente he ido a lugares antrosos para gente contemporánea, pero salgo cansada a las doce de la noche preguntándome por qué vine, calculando cuántas horas de sueño perdí y jurando que la próxima vez mejor acepto un té y una serie. Pero la verdadera última vez, esa en la que salí amaneciendo, con más anécdotas que copas consumidas, con los pies destrozados de tanto bailar y lista para unos tacos antes de dormir, esa no la recuerdo. Simplemente pasó. Y ya.
Cuántas cosas así. Cuántas últimas veces hemos vivido sin saber que eran las últimas. El último abrazo que dimos sin sospechar que no habría otro. La última llamada que no devolvimos con calma. El último domingo en casa de los papás cuando aún estaban completos todos los platos en la mesa. Tal vez porque el año está a punto de terminar, esta sensación nostálgica me tiene invadida, pero la reflexión de las últimas veces me lleva inevitablemente al pasado y también al futuro.
Porque las pérdidas son inherentes a la vida misma. Perdemos tiempo, familia, amigos, posesiones y hasta versiones de nosotros mismos que no volverán. Lo que podía desvelarse sin consecuencias hoy necesita estiramientos, agua y silencio. La que decía sí a todo ahora pide agenda y aviso previo. Y aunque a veces duele aceptar esas despedidas silenciosas, también hay algo profundamente humano en soltar.
Durante mucho tiempo creí que pensar en los finales era triste. Hoy empiezo a verlos como señales. Como puertas que se cierran suavemente para que otras, tal vez más pequeñas, pero más luminosas, se abran. Porque mientras algo termina, algo más empieza. Y ahí es donde he decidido poner el foco: en las primeras veces.
La primera vez que digo que no sin culpa. La primera vez que me elijo sin justificarme. La primera vez que descanso sin sentir que debería estar haciendo algo más. La primera vez que me río de mí misma cuando olvido por qué entré a un cuarto.
También están las primeras veces que aún no imagino. Nuevas conversaciones, nuevos hábitos, nuevas formas de querer y de quererme. Tal vez nuevos lugares que no sean antros, pero sí mesas largas, sobremesas lentas y risas que no necesitan volumen alto para sentirse intensas.
El futuro visto así deja de dar miedo. No es un abismo, es una invitación. No promete perfección, pero sí posibilidades. Y aunque no sepamos cuándo será la última vez de algo, sí podemos elegir vivir atentos, presentes, agradecidos.
Porque al final, y esto lo digo con una sonrisa, quizá no se trata de recordar la última vez que salimos de fiesta, sino de estar listos para la próxima primera vez. Aunque sea algo tan simple como unos tacos, pero ahora sin desvelada.
Espresso Poético
Por Karla Neavez
Reconocimiento de Impacto Creativo
Hace un par de semanas, Café con Autores recibió el “Reconocimiento de Impacto Creativo” por la colaboración que hemos construido junto a San Pedro + Parques.
Y aunque el reconocimiento nos llenó de emoción, lo que más me dejó pensando fue todo lo que ha significado el camino para llegar hasta aquí.
Café con Autores no nació como un gran plan ni como una estructura formal. Nació de algo mucho más orgánico y personal: de mí, como autora, intentando mover mi propio libro, haciendo mi lucha individual y buscando espacios donde las letras pudieran existir fuera de los espacios tradicionales.
En ese proceso empecé a cruzarme con otros autores que estaban exactamente en el mismo punto: escribiendo, creando, tocando puertas, buscando ser leídos. A partir de esas coincidencias, y de conexiones con distintas cafeterías, comenzaron a surgir las primeras presentaciones en cafés y otros espacios locales.
Cada presentación fue abriendo nuevas puertas. Llegaron otros espacios, se sumaron más personas y, con ellas, nuevas ideas. Lo que empezó como un esfuerzo individual se fue transformando, sin forzarlo, en algo colectivo. Y ahí entendí algo fundamental: las ideas, cuando se comparten, crecen de formas que una sola persona jamás podría imaginar.
Con el tiempo, ese crecimiento orgánico dio paso a una evolución natural: el voluntariado. Empezar a colaborar con un equipo de personas que creían en el proyecto tanto como yo ha sido una de las experiencias más transformadoras de Café con Autores. De pronto, la misma idea que yo ya tenía trazada empezó a verse desde otros ángulos: desde otros cerebros, otras sensibilidades, otras experiencias de vida. Y lejos de diluirse, se nutrió.
Aprendí que:
● Diversificar actividades no es perder el rumbo, es ampliarlo.
● Escuchar cómo otros leen tu proyecto te ayuda a entender necesidades que tú sola no ves.
● Colaborar con más espacios y más lugares se vuelve posible cuando hay más manos.
Gracias a este equipo, conformado por Giselle Santos, Elena Ramos, Paloma Torres, Carlos Bazán, Valeria Dávila, Zoe, Miriam Galindo, Regina Marmolejo y yo, Karla Neavez, hemos podido llevar talleres de escritura y poesía, micrófonos abiertos y encuentros culturales a parques, cafeterías y espacios públicos, entendiendo que cada lugar tiene su propio pulso y que la cultura se adapta, se mueve y respira distinto en cada comunidad.
Pero más allá de la logística o la expansión, lo que más atesoro es la sensación de haber construido algo que se siente como equipo, como familia, como refugio creativo. Un espacio donde crear no es competir, sino acompañar.
En una época en la que pareciera que hemos perdido un poco el amor por las cosas hechas desde el arte, desde el tiempo lento, desde lo humano, estos proyectos me recuerdan que la cultura sigue viva cuando se construye en colectivo.
Este reconocimiento no es un punto de llegada, es un recordatorio de que vale la pena seguir apostando por la colaboración, por la escucha y por las ideas que se dejan tocar por otros.
Si este texto resonó contigo, quizá sea momento de preguntarte: ¿qué espacio creativo podrías habitar, cuidar o construir en tu propia comunidad?
Marginalia
Por David Salinas
Ser lector
Consideremos a Juan: todos los días lee lo equivalente a treinta páginas, sin excepción. Pero Juan no se considera lector, y de hecho si le preguntas te diría que no ha leído nada en años.
Cuando hablamos de la lectura como identidad, generalmente hablamos de algo bastante específico. Las personas que se identifican como lectoras suelen hacerlo porque tienen una relación intelectual, emocional y social estrecha con la lectura. Pero más allá de la lectura en sí como actividad, parece ser una relación con cierto tipo de textos.
La razón por la que Juan no se siente lector es porque sus treinta páginas diarias son de sus correos electrónicos, publicaciones de redes sociales, alguna página de internet que consultó para responder una pregunta y sus extrañas conversaciones con ChatGPT. La última vez que leyó un libro fue en la escuela y no lo hizo por gusto. No tiene ni una relación intelectual, ni emocional, ni social con la lectura. Leer es algo que hace, pero no define su identidad.
Por otro lado podríamos tener a alguien que sí tiene una relación estrecha con los libros, pero cuando las personas le preguntan que cuáles libros y contesta que novelas gráficas, terminan cuestionándole si eso cuenta como lectura. ¿Qué pasa con alguien que lee solamente microficción en redes sociales? La línea entre lo que cuenta socialmente y lo que no puede llegar a ser algo difusa, especialmente considerando la cantidad de formatos que existen y su respectivo valor cultural (que puede o no estar justificado).
Todo esto quiere decir que además de la actividad de lectura en sí misma, existe una serie de factores que determinan si una persona puede considerarse un lector o lectora. Diría que el factor social es el más complejo de todos, porque es especialmente escurridizo. Podríamos preguntar si cuenta que alguien lea correos electrónicos, pero ¿qué tal si en lugar de correos electrónicos son cartas? ¿y qué tal si las cartas están publicadas en un libro? Podríamos decir que en todos los casos lo que se está leyendo es correspondencia, pero las respuestas podrían variar. Podrían decir que entonces depende de la calidad de la escritura, pero entonces ¿quién determina cuál es la calidad suficiente como para considerarse una lectura “de verdad”?
Las distinciones entre lecturas legítimas e ilegítimas pueden ser una forma de crear jerarquías de gusto, que casi siempre vienen de la mano con jerarquías de clase. Porque al final, estos gustos suelen requerir cierta educación y poder adquisitivo. Sin embargo, como siempre en la cultura, estas definiciones cambian con el tiempo, según las sensibilidades y la adopción de nuevas formas de escribir y de leer — ya sea estéticas o tecnológicas. Tal vez a la próxima, en lugar de dudar si algo cuenta o no como lectura, podríamos cuestionar qué nos hizo dudarlo en primer lugar.
Lecturas Que Te Salvan del Aburrimiento
Por Mariajosé Lopez
Entre posadas y libros🎄📖
Este mes de diciembre puede sentirse eterno ❄️: vacaciones largas, frío 🧣 y, a veces… demasiado tiempo libre 😴. Ya casi llega la Navidad 🎄 y un nuevo año ✨, y es el momento perfecto para cerrar estos últimos días con lecturas increíbles 📚 que te acompañen en el invierno.
A veces las lecturas de invierno pueden llegar a ser repetitivas ❄️📖, pero con esta recomendación dudo que te aburras. Yo no creo que una buena novela navideña tenga que tratar de Santa Claus 🎅; basta con que esté ambientada en esta época para hacerte sentir el espíritu navideño ✨. Y Baggage Claim, de Juliana Smith, lo logra perfectamente. Lo empecé a leer a principios de diciembre y me fascinó cómo me trajo esa nostalgia que solo trae el invierno 💙❄️.
Imagina esto… Hace 3 años que no ves a tu familia. Tu mamá te convence de pasar Navidad con ellos… en la misma casa a la que juraste no volver jamás 😬. Y para hacer todo peor, ella cree que llevas novio. Pero tú no tienes novio… 😳💔 En el avión rumbo a casa aparece Finn Beckett 😏✨, un desconocido de sonrisa irresistible que te propone algo loco y te soluciona tu situación:“Si quieres, yo finjo ser tu novio estas fiestas.” Y tú aceptas. Porque… ¿qué puede salir mal? 😳💫
Lo que empieza como un simple plan para sobrevivir la Navidad termina en algo mucho más grande 🎄💘. Entre secretos familiares, momentos incómodos 🙈 y una química imposible de ignorar, la vida de la protagonista, Olive Moore, dará un giro de 360 grados que no esperaba.
Si quieres descubrir qué pasa con Olive, Finn y esta mentira navideña que se vuelve demasiado real… ✨ no te pierdas esta lectura perfecta para invierno ❄️📚.
Otras mini recomendaciones: A heart for Christmas de Sophie Jomain (un calendario de advientos en forma de libro), What Light de Jay Asher, y One Way or Another de Kara McDowell.
Friendly Reminder: Lo importante es empezar un libro 📖✨. Si lo acabas o no, no pasa nada: lo intentaste, y eso ya cuenta. Si sientes que los libros son muy largos, ponte un número de páginas para leer al día o por semana 🗓️. Por último, nunca te compares con otros lectores — cada quien tiene su propio ritmo 💛. Y recuerda: por leer mínimo una página… ¡ya eres lector!🙌📚✨
Gracias por leer estas recomendaciones 💫.¡Juntos crecemos a diario leyendo! Porque las lecturas son esenciales para crear un mundo mejor 🌍💖📚.
EsencIA de café
Por Guillermo GarcíaEl café ya no sabía igual
La mañana en el que el mundo ya había cambiado
Llegué al café y pedí un espresso doble, el olor me golpeó antes que el ruido: mañana pura, esa fragancia que durante años significó “todo está en orden”. El lugar tenía algo antiguo, no viejo, me sentí como a principios de 2001, cuando el internet todavía pedía permiso. Eran las 7:30 AM.
La joven del mostrador sonreía, no una sonrisa de capacitación, sino una real, de esas que no se ensayan porque NOsaben que algún día harán falta. Sentí envidia; no de ella, sino de su certeza, el mundo aún parecía estable desde ese lado de la barra. Pensé algo que no dije.
Pensé en advertirle que su puesto NO llegará a la próxima Navidad. Que su sonrisa no está en riesgo, pero sí el contexto que la sostiene. Que cuide a los suyos, que aprenda otra cosa, que no es castigo ni error, es estadística. Me quedé callado.
Porque nadie agradece que le rompan el día antes del primer café y porque hay verdades que, dichas demasiado pronto, suenan a crueldad. Me senté.
En la mesa de al lado, un joven escribía con prisa, tecleaba como quien cree que aún pelea contra el tiempo, a los pocos minutos sonrió, no había encontrado una idea; alguien más lo hizo por él, cerró la laptop, el café seguía intacto, nadie miró, nadie se alarmó, todo siguió igual. Ahí entendí algo incómodo:
La inteligencia artificial no llegó como amenaza, llegó como alivio, como descanso, como permiso para no pensar y eso es mucho más peligroso. No elimina trabajos de golpe, elimina el proceso, borra el trayecto donde antes aprendíamos a dudar, a equivocarnos, a construir criterio. Nos vendieron eficiencia y compramos renuncia. Confundimos velocidad con progreso y delegamos lo único que no se debía delegar: PENSAR.
Mientras tanto, seguimos planeando la vida con mapas viejos, sonreímos (como la joven del mostrador), educando hijos para un mundo que ya no existe (al menos no como lo conocíamos), mientras el sistema, en silencio, ya tomó otra ruta.
La inteligencia artificial no vino a quitarnos la vida; vino a preguntarnos, sin rodeos, si todavía queremos hacernos cargo de ella y hablo de la vida, de la tuya; ¿de verdad quieres seguir siendo el dueño de tus decisiones, de tus errores, de tu camino?
Porque el verdadero riesgo no es que la máquina piense mejor. El riesgo real es que nosotros dejemos de hacerlo y lo más grave, que ni siquiera nos demos cuenta.
Fluye con Rosa Muela
Por Rosa MuelaUn propósito
El cierre de un ciclo rara vez nos deja en quietud. Al contrario, despierta una necesidad casi urgente de renovarnos, de ordenar lo pendiente y de resolver aquello que sentimos inconcluso. En estos días finales del año, la pregunta aparece con insistencia: ¿hacia dónde voy?, ¿qué quiero seguir construyendo?, ¿qué merece mi energía a partir de ahora? No siempre buscamos respuestas definitivas, pero sí una dirección que nos devuelva claridad.
Un propósito nace justamente ahí, en ese momento de honestidad interior. No es una moda ni una consigna colectiva, tampoco una lista de exigencias para comenzar de nuevo. Es una intención que surge desde la conciencia, desde aquello que nos da sentido, que nos permite crecer y sostenernos con mayor equilibrio. No responde a lo que “debería ser”, sino a lo que elegimos ser con responsabilidad y cuidado personal.
Un propósito no es un destino lineal ni definitivo. Es un camino que se recorre con atención y perseverancia, con la disposición de estar presentes en cada paso. Cuando el enfoque es claro, avanzamos hacia lo que verdaderamente necesitamos, aun si el trayecto no es recto. La meta puede transformarse con el tiempo, cambiar junto con nosotros, con nuestra evolución. Y eso no es pérdida: es movimiento. La cabeza es redonda para poder cambiar de dirección.
Ese camino, además, es profundamente personal. Vivimos rodeados de estímulos que nos sugieren deseos, que nos inspiran comparaciones o nos proponen versiones de éxito ajenas. Voces cercanas, discursos sociales, imágenes aspiracionales que, sin mala intención, nos empujan a querer ser, lograr o tener más. Elegir un propósito propio es un acto de amabilidad hacia uno mismo, una forma de proteger la paz mental y decidir desde la conciencia, sin pretensiones.
Amelia Earhart lo expresó con sencillez: “Lo más difícil es la decisión de actuar; el resto es meramente tenacidad.” Pero esa decisión no siempre implica hacer más, sino elegir con verdad. Conocernos requiere valentía, porque obliga a escuchar lo que realmente deseamos y a soltar lo que ya no resuena. Aun así, hay algo profundamente liberador en asumir esa elección.
No necesitamos llenar la vida de propósitos. A veces basta uno solo, auténtico, que pueda cultivarse con paciencia y constancia, rodeado de personas que comprendan que crecer también es ajustar el rumbo. Un propósito no impone, acompaña. No exige, orienta. Se vuelve brújula.
Porque vivir con intención no es correr, es caminar en armonía. Fluye y seguimos creciendo juntos.
La Cueva del Oso
Por El OsoBebidas para nuestras festividades.
¿Sabías que en Alemania en la temporada de adviento se abren los mercados navideños?. Estos mercados navideños son precisamente eso: mercados enfocados a todo lo bueno que reúnen estas fiestas: llámese comida típica, obras artesanales, velas y sobre todo bebidas calientes. Estos se crearon con el fin de hacer más llevadera la temporada fría y obscura de finales de otoño e invierno cuando hay menos luz en el día. Menos luz solar pero más luz de los puestos de estos mercados navideños siendo un oasis para refugiarse del invierno. Incluso hay mercados navideños ambientados en la época medieval que te transporta a tiempos antiguos. Pero no te preocupes que tanto los mercados actuales como los de temática medieval comparten algo en común y eso es el ‘Glühwein’ y seguramente dirán como se pronuncia eso y les dejo el tip antes de continuar: Gliu-bain. Ahora sí regresando al Gliubain(Glühwein)! ¿Y eso qué es eso?. Bueno mis estimados, eso es nada más y nada menos que una bebida caliente de la que se tiene conocimiento desde el año 1420 a base de vino puede ser tinto, blanco o rosado pero el original es el tinto especiado con canela, anís, clavo, cascara de naranja y azúcar, es una bebida que entona el cuerpo no solo por ser caliente, sino por el alcohol que contiene y al calor que hace que se absorba más rápido por el torrente sanguíneo. Esa dulce combinación junto con el clima frio, el ambiente social de júbilo por las vacaciones navideñas y las medidas estándar con las que lo venden (siempre 200ml 300ml) hace de una bebida perfecta para acongojar el alma y relajar el cuerpo.
Sino has probado esta bebida o no la conocías te dejo una receta muy fácil:
Para 4-6 personas dependiendo de cuanto tomen necesitarás, vino tinto de calidad media 750 ml (1 botella) No uses vinos de gamas altas por favor !, azúcar 80g (puede ser morena o refinada ), 6 clavos de olor, 1 rama de canela pequeña o 2 grandes, 2 anís de estrella, ralladura de 1 limón y 1 naranja.La idea es fácil solo mezclas todo y lo calientas para que se infusiones los olores,( OJO no tiene que romper a hervor sino perderemos todo el alcohol del vino) si te gusta un poco más fuerte puedes agregarle 2 shots de brandy o de ron añejado.Disfruta las fiestas navideñas, disfruta a la familia y disfruta de esta bebida.
Pingüino Rodríguez
Por Hugo López
Todos esos como los que Billy quiere ser
En uno de los episodios del entretenido programa Track Star*, Billy Corgan, fundador y líder de Smashing Pumpkins, dice que él aspira ser como esos grandes artistas que aún “tienen algo que decir” después de cierta edad (hace referencia a después de los 50 años). Y nombra a Bob Dylan, Neil Young, Leonard Cohen, Willie Nelson, Waylon Jennings. Me dije “¡Madres!, tengo a todos esos en mis playlists”. Esto me llevó no solo a sentirme orgulloso de mi gusto musical, sino también a recordar las palabras que un gran amigo, otro artista genial (como Corgan) me compartió recientemente:
“Hay tres tipos de artistas.
Los que quieren ser entendidos.
Los que quieren entender.
Y a los que no les importa entender.
Los primeros no son artistas.
A los segundos vale la pena entenderlos.
Y los terceros son los verdaderos artistas,
cuya esencia es una con la Naturaleza.
Esos valen la pena SER”.
(Oscar Mascareñas)
Quizá por ego Billy Corgan no mencionó a David Bowie en esa lista, pero conozcas o no su extensa y cambiante obra, Bowie siempre dejó claro que su proceso creativo era tan libre y auténtico como la propia Naturaleza. El documental -Moonage Daydream-le hace total justicia, dejando claro que Bowie fue obra de sí mismo, su arte una extensión de él, y la película (altamente recomendada), a manera de fractal, pareciera un viaje interno al proceso creativo de Bowie.
La industria de la música es compleja y agresiva. Siendo radical, hasta podría decir que cualquier arte jamás debió haberse convertido en una profesión. Con los niveles megalómanos que desde el siglo pasado ha alcanzado el show business, podemos entender muchos de los casos de sufrimiento, tragedias y adicciones. El artista es por definición altamente sensible. Agrega a ello excesos de notoriedad, expectativas, dinero, sustancias y un ambiente desquiciante; muchos finales no son felices. Afortunadamente, hay excepciones que no me podrán negar que el equilibro cuesta trabajo.
Distingamos, pues, entre ARTE, MÚSICA Y ENTRETENIMIENTO. Yoko Ono hace su arte, pero muchas veces no parece música ni entretiene. Un músico sin mucho talento puede grabar discos, y hoy en día hasta entretener a miles, sin necesariamente hacer arte, y así podríamos llenar una matriz -seguramente muy subjetiva y personal- con nueve casillas llenas de ejemplos de quiénes tienen tal o cual variable. Al final cada uno es libre de hacer la música que quiera, sin embargo, los resultados pueden o no ser los del éxito (si éste hoy lo definimos como venta de boletos o seguidores en redes sociales y plataformas). Por eso para mí es admirable y valiente que un músico se atreva con honestidad a ir proyectando en sus canciones, la manera en la que éste va cambiando en la vida.
Nadie puede negar que -Clay Pigeons- de Blaze Foley es de las canciones más hermosas y honestas que han sido compuestas (¿Blaze quién?), y qué si no la hubiera grabado John Prine quizá no conoceríamos la canción. Que la simple y profunda prosa de Sixto Rodríguez no hubiera sido escuchada afuera de Sudáfrica sin el documental -Searching for Sugarman-, y que en este momento seguramente hay una persona en la sala de su casa o en alguna aldea rural en África o Nueva Zelanda, creando música infinitamente bella que jamás conoceremos.
En el otro extremo están KISS, AC/DC, Molotov, Hombres G y Metallica, por mencionar algunos, que, a lo largo de su carrera, apuestan a un producto seguro sin desviarse de un camino un tanto trazado y conocido. Un claro ejemplo de lo difícil que es ir explorando la naturaleza cambiante del músico es Metallica. Quienes sean fans jamás olvidarán lo difícil que fue para ellos tratar de encajar en el rock alternativo de los noventa con sus álbumes “Load”(1996) y “Reload”(1997), alejándose totalmente de su esencia, y de muchos de sus seguidores. La batalla interna continuó cuando 10 años después con “Hardwired… to Self-Destruct” en vez de mostrar lo que tenían que tocar y decir desde quienes eran en ese momento, los llevó a tratar de replicar quienes eran en sus inicios, con canciones que trataban de sonar a ellos mismos en el pasado.
Dicen que el cambio es inevitable, y concuerdo, pero no todos los músicos se van a atrever a expresar desde quienes son en cada época de su vida, sin correr los riesgos que como muchos otros, Radiohead, Café Tacvba o Trent Renzor corren. Ser una institución por tu legado, ser referente por tu calidad, y ser del gusto popular por tu masificación, son platillos que rara vez se sirven juntos en la misma mesa.
Los seres humanos cambiamos. Así como las estaciones, que por más que se repiten cada año, son distintas. En lo que a mí respecta, hay quienes me han dicho “Huge Seasons”. Les puedo decir que el cambio en la música que escucho, toco y compongo, así como el de mi vestimenta, viene siempre desde un lugar honesto, que a mis 50 años me siento más cómodo cantando canciones que hoy me representan, y que a los 70 espero estar cantando y contando la vida que entonces tenga.
Si alguien conoce a Axl Rose, invítenlo a que tome su guitarra acústica y vuelva a componer, que use su voz naturalmente grave y nos cuente sobre sus miedos y logros desde quien hoy es. Finalmente, que no se haga güey, él también admira a todos esos como los que Billy Corgan dijo que quiere ser.
Escaparate de estilo
Por Sandra Leal
Entre comienzos y despedidas
Diseñar una casa puede ser mucho más que decidir colores o materiales: a veces significa sostener la vida de quienes la habitan.
Este 2025, la arquitectura me enseñó algo que no se aprende en los libros: nuestro trabajo no solo trata de espacios, sino de tiempo y emociones. Y, a veces, el tiempo simplemente no alcanza y las emociones nos inundan.
La vida en estos ultimos meses la comparti con dos clientes que estaban en los momentos extremos de la vida. Por un lado, alguien que puso en mis manos su casa de retiro mientras su vida se acercaba a su fin; por otro lado un cliente esperaba el nacimiento de su segundo hijo, y yo estaba allí, diseñando y creando los espacios que lo verían crecer.
La casa de retiro nació con una prisa contenida. Él era coleccionista de arte y apasionado de la paleontología, alguien que valoraba las cosas que perduran y cargan historia. Cada decisión estaba pensada con cuidado: muros que sostuvieran sus obras, luz que recorriera los espacios sin apurarse, materiales capaces de envejecer con dignidad. Todo debía estar listo mientras él aún pudiera habitarla. Cuando murió, la casa quedó como un testigo silencioso. No como algo inconcluso, sino como una huella viva de su paso por la vida. Un lugar que guarda capas de tiempo, casi como las piezas que tanto amaba.
Al mismo tiempo, la otra experiencia me enseñaba la alegría y la expectativa de un comienzo. Diseñar los espacios para un bebé que estaba por nacer era un desafío distinto: cada espacio debía anticipar la vida que aún no existía. Una habitación que esperaba la llegada de nuevas risas, un suelo preparado para los primeros pasos, una luz que acompañaría los descubrimientos de alguien que apenas estaba llegando. La prisa era otra: no se trataba de despedirse, sino de estar lista para recibir la vida que llegaba.
Entre estos extremos, la frustración y el cansancio se hicieron presentes. Hubo días en los que quise renunciar, salir corriendo, dejar de tomar decisiones que se sentían demasiado grandes. La arquitectura dejó de ser solo técnica y comodidad; se volvió emoción, responsabilidad y vida real. Me hizo recordar que la verdadera arquitectura es humana: existe porque hay personas que la habitan, que sienten, que crecen y que se despiden. Cada pared, cada ventana, cada luz que elegimos termina siendo parte de sus vidas, de sus recuerdos, de sus emociones.
Aprendí que acompañar a las personas cuando el tiempo aprieta es parte de nuestro oficio. La arquitectura no detiene la vida, pero puede sostenerla un poco. Y a veces, sostener es más que suficiente: es ofrecer refugio, memoria y compañía. Crear espacios que no solo se habitan, sino que acompañan la historia de quienes los viven, dejando en cada rincón un poco de humanidad, de presencia y de vida.
La arquitectura no solo se construye: se vive, se recuerda y sostiene la historia de quienes la habitan.
Artepuerto
Por Ninfa Romero
Vestir con propósito: 2026 una pausa necesaria
Aprendí a coser con mis abuelas desde un acto cotidiano: se trataba de crear, reparar, ajustar o prolongar la vida de prendas que importaban. Tras décadas de dedicarme a la gestión del arte y la cultura —la columna vertebral de mi trayectoria profesional—, hace un par de años me aventuré a emprender mi propia marca de ropa para diseñar y confeccionar personalmente piezas únicas y atemporales. Un proyecto que satisface mi necesidad creativa y que me colocó frente a una industria tan seductora, como contradictoria.
Entrar a la moda desde lo independiente cambia la mirada. Te obliga a cuestionarlo todo: qué haces, para qué lo haces, para quién, y a quién beneficia cada decisión que tomas. Y es desde ese lugar que hoy escribo.
Hace unos días se dio a conocer que la presidenta de México, Claudia Sheinbaum apareció en la lista de las personas con mejor estilo de 2025 del New York Times debido al uso de textiles artesanales mexicanos, la visibilización y la defensa del trabajo de las mujeres creadoras detrás de esas piezas; lo cual me pareció interesante y buen punto de partida para una reflexión que considero necesaria.
A lo largo de la historia, la vestimenta ha vivido en una tensión constante entre la estética y la practicidad. A veces se nos olvida que la ropa nació para acompañar el cuerpo en la vida diaria y no para imponerle ritmos ajenos ni exigencias efímeras y nos vemos inmersos en un sistema de consumo de moda desmedidamente accesible y acelerada que rara vez nos deja algo significativo. El “fast fashion” nos empuja a comprar en exceso, usar poco y desechar rápido, mientras agota el planeta y precariza vidas para promover un consumo sin memoria.
Y viéndolo así, nada resulta barato. El consumo responsable y consciente de ropa deja de ser una postura idealista para convertirse en una urgencia: comprar menos y mejor. Elegir prendas duraderas, éticas, bien hechas. Priorizar la calidad sobre la cantidad, el impacto social y ambiental sobre el precio. Pensar en la vida completa de una prenda: de dónde viene, quién la hizo, cómo cuidarla, cómo repararla, transformarla o darle un nuevo ciclo antes de desecharla.
Despegarnos un poco de la tendencia para acercarnos a la congruencia. Vestir para nosotros mismos, y responder a nuestro momento vital desde lo más íntimo. Y apostar por esas prendas bien hechas para migrar a un consumo más consciente: respetar procesos, apoyar economías locales y elegir historias que merecen ser contadas… y portadas.
Quizá un buen propósito para este nuevo año: repensar y preguntarnos cuántas cosas habitan nuestro guardarropa sin volver a tocarnos, sin representarnos, sin provocarnos. Dejar de comprar para encajar, aparentar o llenar vacíos que ninguna prenda puede resolver. Vestir para vibrar bonito, para iluminar, para contagiar bienestar y ser nosotros mismos.
Menos ropa y más concepto. Caminar hacia ese punto de equilibrio donde las prendas sean piezas aliadas que dialoguen con nuestro modo de habitar el mundo, nos permitan movernos con libertad y nos acompañen a mediano o largo plazo, sin renunciar al goce estético, ni al sentido. Autenticidad que no tiene que ver con excentricidad, sino con coherencia.













