Libros y Café con Adriana Muela
Lectura, entrevista, música, arte, poesía, reflexiones y recomendaciones para inspirar tu día a día.
Carta Editorial
La lectura es un lugar al que volvemos para entendernos, para calmarnos, para mirar el mundo con otros ojos. Y esta revista existe justo para eso: para recordarnos que las historias están vivas, que nos acompañan y que tienen la fuerza de cambiar nuestro día, a veces incluso nuestra vida entera.
En cada edición te invitamos a detenerte unos minutos, a respirar con una taza de café en la mano y a leer con calma. Aquí conviven libros, música, arte, diseño, recetas, cotidianidades y reflexiones que buscan algo simple: que la cultura sea una compañía cercana y real.
Gracias por estar aquí. Por leer, por sentir y por dejarte sorprender.
Que esta edición te encuentre justo donde lo necesitas.
— Adriana Muela
Vivir para escribir, escribir para vivir
por Adriana Muela
Escribir para iluminar la memoria
En esta segunda edición nos adentramos en el mundo narrativo de Mónica Castellanos, una autora que ha construido una obra poderosa alrededor de la memoria, el silencio y las historias que el tiempo intenta borrar.
A través de un intercambio de preguntas, Mónica comparte con profundidad y honestidad su visión sobre la escritura, la historia, la lectura y el silencio, iluminando no solo su proceso creativo, sino también la manera en que entiende al ser humano y la vida cotidiana como fuente de literatura.
Sus libros —Aquellas horas que nos robaron, Carbón rojo, El aroma de los anhelos y Canasta de comadres— muestran su capacidad para rescatar relatos profundos, muchos de ellos basados en vidas reales, y transformarlos en literatura que toca, cuestiona y acompaña.
Cuando le pregunté cómo logra equilibrar el rigor histórico con la emoción que transmiten sus personajes, Mónica respondió con una claridad exacta:
“El rigor histórico lo marca la documentación —archivos, bibliografía, hechos comprobables—. Pero trasladar esos acontecimientos a la ficción encarnada en un personaje es pura imaginación. Es la interpretación personal que puedo dar a cada personaje y dotarlo de una psicología que se refiere a situaciones reales.”
Ahí está su sello: precisión sin rigidez, imaginación sin perder raíz.
También conversamos sobre la literatura como acto de empatía. ¿Puede la escritura ser una forma de reparación? Mónica reflexiona:
“La literatura puede sacar acontecimientos del olvido, alumbrarlos a través de las palabras. La justicia no depende de la literatura, pero sí existen obras cuya fuerza ha obligado a los gobiernos a reaccionar. Un caso muy actual en México es el de la autora Anabel Hernández, quien ha sido fuertemente atacada. Incluso la editorial que la publicó.”
Le pregunté qué espera que sus lectores sientan después de cerrar uno de sus libros, y su respuesta revela su mirada profundamente humana:
“Quiero que se sientan más humanos. Que se reconozcan en mi obra con los matices de su propia naturaleza. Me gustaría que en mi obra puedan ver vibrar personajes de espíritu generoso, incluso heroico, pero también los rencorosos, los idealistas, los amorosos, los crueles.”
Su formación como lectora comenzó en la adolescencia. Mónica recuerda los libros que marcaron su camino:
“Comencé a leer desde la adolescencia. Lecturas con una realidad que se proponía distinta, mágica, en la obra de Gabriel García Márquez. Por su alto contenido filosófico y la dificultad para leerla es la obra de Herman Hesse. Toda. Demian, El lobo estepario, Sidharta, Bajo la rueda, Narciso y Goldmundo. Es el autor que más he releído y creo que ahora es tiempo de volverme a encontrar con él. Descubrí que me gustaba la historia cuando encontré a Taylor Caldwell y a Richard Graves. Por supuesto pasé por la obra de otros grandes. Camus, Bradbury, Vargas Llosa, Rulfo, Cortázar, por mencionar algunos más.”
Le pregunté si tenía algún ritual para escribir o leer, y cómo se relaciona su vida cotidiana con su escritura. Su respuesta fue luminosa:
“Es la fuente. De la vida cotidiana han surgido todas y cada una de mis obras. Es ahí, en la charla con una prima, en una noticia que me indigna, en el valor de la gente que me rodea, en la propia autoexploración de dónde surgen las historias que primero me habitan, me sacuden y luego me obligan a verterlas en palabras.”
Sobre el silencio, su respuesta fue breve y profunda:
“Es mi gran aliado, mi mejor amigo, es el espacio de encuentro conmigo y también el lugar donde puedo entender el mundo y al ser humano.”
Y cuando le pedí definir la literatura en una sola palabra, su respuesta fue:
Vida.
Eso es, justamente, lo que su obra entrega: vida recuperada, vida narrada, vida iluminada. Mónica escribe para recordar, para reconocer y para preservar; para que la memoria siga respirando en cada una de sus páginas.
Miscelánea
por Vanessa Castro
Regina arruinaste la fiesta
Cuando la responsabilidad de una madre interrumpe la diversión de muchos.
Hace unos días, paseándome por el adictivo espacio de TikTok, me aparecieron varios videos del caso de una mamá que va en busca de su hija menor de edad, de apenas 15 años, a una fiesta en Playa del Carmen a la que asistió sin permiso. Cuál sería su sorpresa al encontrarla en completo estado de ebriedad, casi inconsciente, dormida en una habitación siendo apenas las 10:30 p.m. Esta madre, angustiada y bastante molesta, tomó la decisión no solo de llevarse inmediatamente a su hija, sino además de llegar acompañada de la policía.
Obviamente todo se volvió un caos, porque no era la única menor consumiendo alcohol y tal vez incluso otras sustancias prohibidas. Al final, la fiesta terminó siendo cancelada. En esta era en la que todos tenemos un celular en la mano y se graba absolutamente todo, existía una infinidad de evidencia del suceso, desde la llegada de la mujer buscando a su hija hasta el momento en que la encontró y la sacó con dificultad del lugar. Las caras tanto de la madre como de la hija quedaron a la vista de todos.
Los comentarios en redes no se hicieron esperar. Había de todo, padres que, desde la empatía de tener adolescentes, felicitaban a la madre por sus acciones, jóvenes que insultaban a Regina, nombre de la niña en cuestión, por arruinarles la fiesta, e incluso amenazas y burlas por el “fatídico final” de la reunión.
Casi todos los comentarios que leí se concentraban en buscar culpables, que si la mamá exageró, que si los organizadores fueron irresponsables por permitir el acceso de menores al alcohol o que si la niña fue imprudente por no saber “tomar” y ya estar ebria cuando apenas comenzaba la noche.
Todo lo anterior me dejó pensando mucho, porque en algún punto de la vida yo también crié adolescentes, y de eso no hace tanto. Mi primer pensamiento fue sobre la viralidad con la que la identidad de Regina se extendió desde Playa del Carmen hasta lugares tan lejanos como Monterrey. Al día de hoy, muchísima gente la conoce, sabe qué hizo y cómo lo hizo. A esa edad, donde todo se vive con intensidad y cada error se siente como una tragedia, no puedo imaginar cómo estará la estabilidad mental de la niña y de su familia. El acoso al que seguramente han estado expuestas debe ser abrumador.
Pero más allá de buscar culpables, me quedo pensando en lo que las acciones de esa madre pudieron evitar. De entrada, el peligro de una menor alcoholizada a su suerte es enorme. Una joven inconsciente, lejos de casa y rodeada de desconocidos, se vuelve extremadamente vulnerable a todo tipo de riesgos, abusos, violencia, desapariciones o accidentes fatales. En cuestión de minutos, una noche divertida puede transformarse en una tragedia irreversible.
También está el peligro menos visible pero igual de dañino, el impacto emocional y psicológico. A los 15 años, el cerebro aún está en desarrollo; el consumo de alcohol puede alterar funciones cognitivas, la toma de decisiones y la regulación emocional. Además, el ser expuesta públicamente, ridiculizada y viralizada, puede dejar cicatrices profundas. Hoy se habla mucho de salud mental, pero poco de cómo la exposición digital destruye la autoestima de los jóvenes.
Por otro lado, está la parte legal. Permitir el consumo de alcohol a menores no es un simple descuido, es un delito. Los organizadores, los adultos presentes e incluso quienes vendieron o facilitaron el alcohol podrían enfrentar consecuencias graves. Lamentablemente, en muchas fiestas se normaliza esta práctica sin dimensionar las repercusiones.
Y es que el verdadero peligro no es solo el alcohol o la fiesta, sino la banalización del riesgo. Vivimos en una cultura donde se celebra la desinhibición, donde ser “cool” es grabarlo todo y subirlo a redes, aunque eso implique exponer la dignidad o seguridad propia. Lo que antes se quedaba en un rumor de escuela, hoy queda registrado en internet para siempre.
Regina probablemente no dimensionó nada de eso. Como cualquier adolescente, buscaba pertenecer, divertirse, sentirse libre. Pero su historia terminó siendo una advertencia pública de cómo una mala decisión, mezclada con la presión social y la imprudencia adulta, puede marcar una vida entera.
Y si me permito una opinión personal, yo felicito a esa mamá. Tal vez actuó impulsivamente, con enojo o desesperación, pero actuó. Puso un alto donde muchos callan o miran hacia otro lado. Prefirió pasar por exagerada antes que quedarse con el “si hubiera”. Y en un mundo donde la indiferencia pesa más que la responsabilidad, eso merece respeto.
Espresso Poético
por Karla Neavez
La belleza de lo breve: por qué la micropoesía nos tiene en la palma de la mano
Vivimos en una época, donde si lo que quieres decir cabe en un WhatsApp, mejor. Todas y todos lo aplicamos: si se puede decir en corto, se agradece; si no, “mándamelo por nota de voz, pero de las de 15 segundos, por favor”.
Quizá por eso la micropoesía y el microcuento se han vuelto tan queridos: son la versión literaria de ese mensaje conciso que llega directo, sin rodeos y sin tanto rollo, como buen regio que sabe que el tiempo vale, si no dinero, al menos un café de especialidad.
Porque si algo distingue a lo breve es su falta de pudor para instalarse en nuestras vidas: te captura, te pellizca el pecho, te recuerda un ex (o dos) y encima lo hace en menos de tres líneas.
Pero ¿qué tiene este formato pequeño que lo vuelve tan poderoso?
Primero, su audacia. La microficción no pide permiso. Entra, deja una imagen limpia, nítida, como un destello. Un verso de ocho palabras puede hacer lo que una novela de 400 páginas intenta durante capítulos enteros: sacudirte. Es literatura destilada, como un espresso literario. Si la novela es un latte con espumas y toppings, el microcuento es un trago directo: fuerte, sincero y sin nada que lo distraiga.
Segundo, exige una disciplina casi quirúrgica. Quien escribe microficción sabe que no hay margen para “ya luego lo explico”. No. Aquí cada palabra tiene que justificar su presencia como si fuera la invitada VIP de una boda. En un mundo donde vivimos rodeados de texto que no dice nada, lo breve es un acto de cortesía. Un gesto que dice: “No te robo tiempo; te entrego una verdad pequeña, pero sólida”.
Y tercero, la micropoesía nos permite jugar. A veces es una línea que te hace reír por lo absurda. A veces una frase que te arruina el día in a good way. A veces un golpe de nostalgia que llega con la misma ligereza que un mensaje a las 2 a.m. y el mismo impacto también.
No es casualidad que este renacimiento haya encontrado su hogar en redes sociales: lugares donde la vida sucede en cápsulas y donde una frase puede viajar más rápido que un poema de 20 estrofas. Pero lejos de empobrecer la literatura, la ha democratizado. De pronto, más personas se acercan a la poesía porque alguien escribió un verso tan pequeño que no dio miedo leerlo.
Quizá esa sea la verdadera belleza de lo breve: nos invita a entrar sin sentirnos fuera de lugar.
En un universo saturado, donde todo compite por atención, la microficción funciona como un recordatorio de que la literatura no necesita gritar para tocar. Que a veces la herida más profunda se escribe con tres palabras. Que la risa más sincera cabe en una sola línea. Que el amor puede resumirse en un verso que se lee en un suspiro.
Escribir poco, paradójicamente, requiere dar mucho. Y leerlo, también.
Así que la próxima vez que un microcuento te golpee en mitad del día, no te sorprendas. Lo breve tiene manos pequeñas, pero una puntería impecable.
Marginalia
por David Salinas
Elegir una lectura
En 2022, la revista de moda T Magazine del New York Times reveló la existencia de una profesión controversial: los book stylists. Estas personas se encargan de la curaduría de la biblioteca privada de una persona, pero también de la selección de libros que se usan como accesorios de moda para la vida pública. Es decir, son las responsables de que algunas de tus celebridades favoritas estén cargando ese libro clásico o de filosofía que tal vez no están leyendo realmente.
Esta adopción de la literatura por el mundo de la moda llevó a la superficie lo que ya se sabía: que los libros pueden funcionar como una señal de gusto y estatus, pero que esta imagen depende de la selección del libro. Muchos criticaban el hecho de que los libros se usaran no para leerse sino para comunicar algo sobre la persona que lo cargaba. Sin embargo, puede que no sean las únicas personas haciendo esto.
A veces mi propio librero se va llenando de libros esperando a ser leídos. En momentos de debilidad, salgo de una librería a la que “solo iba a ver” con un par de libros bajo el brazo. Algunos de esos libros reflejan intereses tangibles, otros más bien reflejan el tipo de persona que me gustaría ser.
Creo que los libros nos ofrecen algún tipo de transformación, no importa si es grande o pequeña. Un libro puede hacerte cambiar tu perspectiva sobre el mundo y otro puede hacerte pasar por una experiencia emocional que refuerza tu conexión con los demás o contigo mismo. Algunos libros me acercan a las cosas que ya me importan y otros me hacen interesarme en algo nuevo.
Lo que pasa es que algunos libros los compro porque quiero que me hagan interesarme en una cosa nueva, y esos son los que más potencial tienen de ir agarrando polvo en el librero. Hay temas que me gustaría que me interesaran más, de los que me gustaría ser el tipo de persona que está informada. A veces esto sí sucede y esos intereses sí surgen, pero otras veces se siente más como una obligación auto-impuesta.
Los libros que leo (y los que decido no leer) reflejan algo de mí: tanto de quien fui, como de quien soy y quien quiero ser. Toda mi colección, especialmente si sabes cuáles libros ya leí y cuáles no, dicen mucho sobre mi personalidad y deseos.
La artista Mariana Dellekamp hizo una obra en 2011 llamada Artist, en la que se realiza un autorretrato a través de su colección de libros. Pueden observarse novelas, libros sobre arte, muchos libros sobre fotografía, libros de referencia de filosofía, entre otros. Parece ser una colección apta para una artista como ella. Veo su librero, veo el mío, y ahora pienso en la idea de que esa selección la haya hecho alguien más con la mera finalidad de dar cierta imagen. Pero no necesito un book stylist profesional para hacer exactamente lo mismo.
Hay libros que me enorgullece tener en el librero, sacar a la calle y tener en la mano. Libros que coinciden con la persona que quiero ser, con la imagen que quiero dar de quién soy y qué es lo que me gusta. Hay otros libros que no tanto. Algunos de estos mejor los leo en el Kindle, así nadie tiene que saber que los estoy leyendo ni ocuparán espacio junto con el resto de mis libros. Y de los que tengo en físico, algunos de esos libros están guardados en un cajón, fuera de mi vista y de la de los demás.
Incluso cuando nuestras lecturas son personales y para nosotros, existe un factor social que puede hacernos elegir unas lecturas sobre otras. Es posible que en el proceso de elegir qué vamos a leer en realidad estemos construyendo una imagen de nosotros mismos. Es posible que algunas personas la construyan específicamente para los demás, como lo harían los book stylists, pero también es posible querer construir una imagen para nosotros mismos también. Incluso si nadie sabe lo que estamos leyendo, nuestra selección nos ayuda a crearnos a nosotros mismos.
Lecturas Que Te Salvan del Aburrimiento
por Mariajosé Lopez
Lecturas que te cambian el mood
⭐️ Hoy te recomendaré unas de mis lecturas favoritas. Con estas recomendaciones sin duda leer no será aburrido! Si te gustan los libros que te envuelven desde la primera página con una mezcla de emociones, sin duda The Way I Used To Be es para ti. Este libro no solo se lee, se siente. Cada capítulo será un abrir de ojos. Desde las primeras páginas conocerás a la adolescente principal, Eden. Su vida cambia en un solo instante, durante una noche que dura unos minutos, pero cuyas consecuencias marcan todos los años siguientes de su vida.
Lo que realmente te atrapa no es solo lo que le ocurre, sino cómo ella intenta sobrevivir a ese dolor en silencio 🤫, cómo lucha por entenderse a sí misma cuando todo dentro de ella parece roto 💔🌀. Por mientras que la vida de Eden es una tormenta aparece alguien que le enseña cosas mejores, Josh. Pero él no podría ser quien la rescatara. Porque eso es algo que Eden tiene que hacer por sí misma, completamente sola.
Además, hay un segundo libro que continúa la vida de Eden llamado The Way I Am Now ✨. Y lo mejor: puedes disfrutar de esta historia tanto en inglés como en español 🌎📝.
Por último, unas mini-recomendaciones de libros con romance 💖 o con misterio 🕵️♀️ para adolescentes son Binding 13 de Chloe Walsh 📘💕, El color de las cosas invisibles de Andrea Longarela 🌈❤️ y The Naturals de Jennifer Lynn Barnes 🕵️♂️✨. ¡Espero que disfrutes mucho estas lecturas 🎉📚!
Y recuerda algo: no importa si lees poquito, si apenas empiezas o si te tardas semanas en terminar un libro. Lo que importa es que encuentres historias que te hagan sentir, que te acompañen en tus días buenos y en los no tan buenos, y que te recuerden que nunca estás sola cuando tienes un libro cerca 💫📖. Así que anímate a abrir una nueva historia… quien quita y te cambia la semana, el mood o hasta la vida un poquito 🫶✨.
EsencIA de café
por Guillermo García
La vida ocurre donde nadie la está viendo
Hay silencios que pesan, otros que protegen y están los que nadie sabe leer. México lleva años reaccionando a lo evidente y adivinando lo esencial, el país mira conductas, pero no patrones, escucha palabras, pero no procesos, celebra avances, pero nunca pregunta por las causas y en medio de ese desorden emocional y burocrático, un niño queda atrapado entre interpretaciones ajenas, reportes incompletos y terapias que funcionan si es que alcanzan a entenderlo.
La verdad es incómoda, aquí seguimos creyendo que el progreso cabe en una sesión semanal y que la estabilidad se diagnostica con intuición. No es maldad, es falta de registro, crecimos pensando que la terapia sucede dentro de un consultorio cuando, en realidad, ocurre en el pasillo, en el carro, en la mesa, en esa micro-conducta que nadie vio porque simplemente no había herramienta para verla.
Cada silencio tiene un significado: Calma, Saturación, Interés, Ansiedad, Desconexión. Pero mientras no se mida, todo es especulación, el adulto interpreta desde el cansancio, el maestro desde la prisa, la familia desde el miedo y el niño, que sí está comunicando algo, queda en silencio no porque no hable, sino porque nadie lo está escuchando con precisión.
Hoy La Inteligencia Artificial rompe ese círculo, no porque reemplace lo humano, lo amplifica, observa sin agotarse, registra sin estorbar, detecta lo que la memoria humana jamás podría reconstruir con exactitud. El silencio deja de ser vacío y se convierte en dato, segundos de procesamiento, variaciones en contacto visual, micro-cambios en respuesta sensorial, eso ya no es intuición, es evidencia.
Medir no deshumaniza, ordena, previene, aclara, permite que una mamá entienda lo que antes la desesperaba, que un maestro deje de adivinar, que un terapeuta actúe antes de que la crisis explote y lo más importante, permite que el niño sea entendido en su propio idioma.
México presume inclusión, pero evita medición, ama los discursos, pero teme a los indicadores. Porque cuando midamos en serio, veremos lo obvio, el problema nunca fueron los niños, el problema fue la opacidad con la que los adultos decidieron trabajar.
Un algoritmo no siente, no abraza, pero puede anticipar el segundo exacto en el que un abrazo salvaría un día completo, puede ser la diferencia entre una crisis que nadie vio venir y una oportunidad de conexión que sí llega a tiempo.
La tecnología no vino a quitarnos humanidad, vino a evidenciar dónde la estábamos dejando caer y sin decir una palabra, nos está pidiendo algo básico, mirar mejor, porque cuando un niño entiende que,por fin, alguien lo está entendiendo, aunque ese alguien sea una máquina que traduce lo que el mundo ignoró, ocurre algo que ninguna plataforma puede programar, ese niño confía.
Y cuando un niño confía, el adulto cambia, se ablanda, se despierta, se vuelve más humano que nunca.
Al final, tal vez ese sea el verdadero milagro de La Inteligencia Artificial en nuestro tiempo, no que vea lo que nosotros no vemos, sino que nos devuelva la capacidad de ver lo que siempre estuvo ahí.
Un niño esperando ser leído.
Una vida pidiendo ser entendida.
Un silencio que, por fin, deja de estar solo.
Fluye con Rosa Muela
por Rosa Muela
La sabiduría de escuchar
En un mundo donde todos quieren tener la razón, escuchar se ha vuelto un acto de amor. Vivimos rodeados de opiniones, de voces que buscan ser oídas, pero pocas veces encontramos oídos dispuestos a comprender.
Escuchar no es quedarse callado mientras el otro habla, es abrir el corazón sin prisa, dejar que las palabras del otro encuentren un lugar en nosotros, aunque no pensemos igual.
No necesitamos compartir todas las ideas para convivir. Tampoco aceptar todo para comprender. La verdadera sabiduría está en abrir la mente sin cerrar el corazón. Porque cuando escuchamos con atención, sin preparar una respuesta inmediata, algo se transforma: comprendemos que detrás de cada palabra hay una historia, una emoción, una forma distinta de ver la vida.
Las personas seguras de sí mismas no se sienten amenazadas por una opinión diferente. Escuchan, observan y eligen con calma qué les resuena y qué prefieren dejar pasar. No para ganar una discusión, sino para aprender del otro. A veces, el silencio que acompaña a una escucha atenta vale más que mil argumentos. Ser sabios no significa estar de acuerdo en todo, sino saber convivir con lo distinto sin perder la paz interior. Porque la grandeza no está en convencer, sino en comprender. Escuchar con respeto no nos hace débiles, nos hace humanos. Nos permite construir puentes donde antes solo había muros.
Voltaire decía: “Puedo no estar de acuerdo con ninguna de tus palabras, pero defenderé hasta la muerte tu derecho de decirlas”. Esa es la verdadera libertad: permitir que las ideas fluyan, sin miedo, sin imposiciones, sin esa necesidad de tener siempre la última palabra.
Cuando aprendemos a dialogar desde el respeto, algo profundo cambia. Ya no se trata de quién tiene la razón, sino de cómo podemos crecer juntos. Porque cuando escuchamos de verdad, descubrimos que el otro no es una amenaza, sino un espejo que nos muestra partes de nosotros mismos que quizás no habíamos visto.
Escuchar con el alma nos invita a reconocer que todos llevamos verdades parciales, y que solo cuando las compartimos con humildad, se construye una verdad más grande. La sabiduría de escuchar está en eso: en permitir que la vida nos hable a través de los demás, en aprender sin imponer, y en fluir con empatía, respeto y amor.
Fluye, y seguimos creciendo juntos. Y si deseas seguir profundizando en estos temas, compartiendo reflexiones y creciendo en comunidad, ya tenemos un canal de WhatsApp creado especialmente para quienes quieren transformar su vida y ser una mejor versión de sí mismos. Es un espacio de conexión para crecer, sanar y evolucionar juntos.
Únete a la comunidad.
La Cueva del Oso
por El oso
Celebrando a los muertos al otro lado del mundo
El Día de Muertos es una celebración de origen prehispánico que, al entrelazarse con la tradición católica durante la conquista, dio forma a la festividad que hoy conocemos: un puente entre mundos, un homenaje luminoso a quienes ya no están. Cempasúchil, copal, pan de muerto, tamales… todo dispuesto para recibir a quienes regresan del Mictlán para convivir, por un instante, con los vivos. Y aunque en México estos elementos se encuentran con facilidad, para muchos migrantes llevar esta tradición al extranjero se convierte en un acto de búsqueda, de paciencia y de imaginación. A veces aparece un paisano que vende lo indispensable; otras, uno se arma de valor para prepararlo por su cuenta, enfrentándose al reto mayor: encontrar los ingredientes adecuados. Curiosamente, estos suelen esconderse en los lugares más inesperados: agua de azahar en tiendas turcas, chiles guajillo y de árbol en supermercados asiáticos, hojas de plátano en tiendas indias.
La nostalgia, en estas fechas, despierta con una delicadeza particular. Basta el aroma de una especia, el color de una flor o el dulzor de un postre para encender un recuerdo y abrir ese pequeño espacio donde los que ya no están parecen acercarse un poco más. Lejos de México, los sabores no solo alimentan: acompañan, sostienen y reconcilian. En cada intento por recrearlos hay una forma de decirnos que, aunque estemos lejos, seguimos perteneciendo.Quizá por esa necesidad de volver —aunque sea a través del paladar— nace el deseo de preparar algo que abrace el corazón. No se trata solo de cocinar, sino de invocar un recuerdo, de encender una tradición en una cocina que no es la nuestra pero que, por un instante, se siente familiar. Por eso quise compartir una receta que no solo acompaña estas fechas, sino también todo el otoño e invierno: la calabaza en tacha, un postre que sabe a hogar, a tardes lentas, a manos que enseñan y a historias que viajan de generación en generación.
Para prepararla, necesitaremos una calabaza de castilla que pese aproximadamente tres kilogramos, también tres conos de piloncillo, dos cucharadas de cal disueltas en tres litros de agua y por último una raja de canela. A continuación procederemos a realizarle agujeros a la calabaza (se pueden ayudar de un palito de madera o incisiones con el cuchillo) y una vez hechos los agujeros sumergiremos la calabaza perforada en los tres litros de agua previamente preparada con cal aproximadamente por una hora y media; pasado el tiempo mencionado la escurriremos. Mientras se escurre bien la calabaza procederemos a hervir el piloncillo junto con la canela en tres y media tazas de agua hasta formar un jarabe espeso. Sumergiremos la calabaza en este jarabe para que se impregne por dentro y por fuera aproximadamente una hora; el chiste es que quede bien impregnada para que tome dulzura. Para terminar cubriremos la calabaza con papel aluminio sobre un refractario y hornearemos por dos horas a 175 grados Celsius. Y estará lista para tener un magnífico postre mexicano. Recuerda que puedes usar el jarabe de piloncillo para emplatar la calabaza y a disfrutar.
No hay nada como un postre de antaño para sentir el calor de la familia, especialmente en los días que siguen al Día de Muertos. Para muchos, este platillo no es solo un dulce: es un abrazo al alma, una forma de recordar a quienes ya no están y, al mismo tiempo, de encontrarnos con nosotros mismos a través del sabor.Y quizá por eso lo seguimos preparando, incluso del otro lado del mundo. Porque cocinar también es una manera de resistir el olvido: es mantener viva una tradición, encender un pedacito de hogar en una cocina extranjera y permitir que, por unos minutos, el tiempo se suspenda. Cada cucharada nos recuerda que las raíces viajan con nosotros, que la memoria tiene aroma a piloncillo y canela, y que, aun lejos, siempre hay formas de volver.
Pingüino Rodriguez
Por Hugo López
“Zapatos muy grandes. Zapatos muy grandes…”.
Un veintiséis de abril de 1993, gracias a una invitación inesperada por la noche, un poco de rebeldía, un buen gesto de unos huéspedes y la combinación precisa de los azares del destino, a mis 18 años terminé tomándome una cerveza y platicando con Gilby Clarke. Sigue pasando el tiempo, lo menciono y no lo termino de asimilar. Ni siquiera me interesa asimilarlo. Me encantaría haberme quedado con los datos de aquella pareja de enamorados que amablemente me dejaron sentarme en su mesa dentro del bar del Hotel Ancira. De no haber sido así, me habrían sacado. Mi vestimenta de fan me delataba; además, el mesero fue muy claro al mirarme a los ojos y decirme: “Ya sé que te metiste. No te muevas de esa mesa y no les hables a los músicos. Si no, te saco”.
Como pocas veces en mi vida, obedecí. Valía la pena. Al fondo del bar, Dizzy Reed tocaba un blues en el piano. Matt Sorum merodeaba eufórico por el bar. Y en la barra, con unos dos caballitos de tequila y unos cinco botes de Tecate “rojo” frente a él, sonriente y coqueteando con una chava suertuda (o no) seguramente lugareña, Slash se dejaba acariciar sus chinos mientras hablaban de quién sabe qué.
No me acuerdo cómo fue que Gilby se sentó en “nuestra” mesa, justo en frente de mí, y empezamos a platicar como si ambos hubiéramos estado esperando justo ese momento. Ambos con una Indio en mano. Lo recuerdo siempre sonriendo.
-“Gilby my friend, ready for tomorrow?”.
-“Yes sir!”.
-“Liking Monterrey so far?”.
-“Oh yes man!”.
-“Man. I want to ask you a question”.
-“Sure”.
-“What’s it like to be recruited by GNR? And to fill Izzy’s shoes?”
-“Oh no! I am just the new rythm guitar. Izzy’s shoes will never be filled”.
Izzy Stradlin (Jeff Isbell, Lafayette Indiana, 1962) fue, es, y seguirá siendo irremplazable. A simple vista era un rockero más entre otros cuatro. Un bad ass también. Quizá no tanto como lo que me transmitieron Axl y Slash en aquellos videos en formato Beta que me puso el hermano mayor de mi amigo Víctor, cinco años antes de conocer a Gilby. La actitud de Axl marcó mi personalidad. La química de la banda me motivó a un día formar parte de una (de varias). Pero lo que hoy más puedo admirar y reconocer es que detrás de ese gran producto, de personalidades icónicas, de sus sellos inconfundibles al tocar, al cantar y al vestir, y de un álbum lleno de éxitos y de récords rotos (uno de ellos ser el álbum debut más vendido en la historia de la música en EUA), hubo una coyuntura en donde uno de los factores indispensables para que todo eso sucediera se llama Izzy Stradlin.
Su personalidad, su estilo al tocar, la autoría de la mayoría de las canciones de ese disco, su amistad con Axl (si él no se va de Indiana a LA, GNR jamás hubiera existido… “Axl Rose”, el icono, jamás hubiera sido conocido). Su toque de blues, rock and roll y punk, sus riffs inigualables a la fecha, que crearon un cóctel único en un ensamble perfecto con las guitarras de Slash, y las armonías únicas en sus coros, junto con las de Duff McKagan, fueron, en conjunto, el amalgamador Pareto que, en definitiva, dejó unos zapatos que jamás podrán ser llenados. Quizá todo ese combo que Izzy tenía fue lo que en 1991, en la cúspide de la carrera de la banda, lo hizo decidir que las luces, el humo, los conflictos y los excesos, eran ya incompatibles con su amor por la música y con su interés en cómo experimentarla.
Hoy GNR, con presentaciones actuales de calidad discutible, pero con ingresos millonarios para Axl, Slash y Duff, nos sigue invitando a los fans de antaño a preguntarnos: “Where’s Izzy?”. Con permiso de Sabines, yo no lo sé de cierto pero supongo que dondequiera que esté, Izzy es libre de tocar y crear lo que quiere, cuando quiere, frente a quien quiere, por el tiempo que quiere.
En ese bar del Ancira, un abril de 1993, con unas cervezas Indio en mano, Gilby y yo quizá pudimos haber platicado de todo esto y más. Where’s Gilby? Probablemente viviendo la misma libertad creativa. ¿O no? Me encantaría tomarme hoy una Heineken y un mezcal con él y preguntarle mil cosas más. Quizá nunca suceda. Está difícil. Aunque uno nunca sabe. La vida tiene sus caminos mágicos. “All we need, is just a little patience”.
NOTA: Hugo López e Izzy Stradlin cumplen años el mismo día. El 8 de Abril. Ambos han compuesto canciones reggae. Arianos al final.
Escaparate de estilo
Por Sandra Leal
AMBIENTE COZY, CALIDEZ QUE SE SIENTE
Cuando entré por primera vez en aquel pequeño departamento, no fue la decoración lo que me detuvo, sino la sensación. Algo parecido a un abrazo silencioso me envolvió apenas crucé la puerta. No había grandes lujos ni piezas extravagantes, pero sí una armonía profunda que invitaba a bajar los hombros, respirar hondo y quedarse un rato más. Era un ambiente cozy, ese concepto del interiorismo contemporáneo que ha dejado de ser tendencia para convertirse en una auténtica filosofía de vida.
“Cozy” viene del inglés y significa “acogedor”, pero la palabra se queda corta cuando tratamos de describir lo que realmente ocurre en un espacio así. No se trata sólo de confort, sino de crear un refugio cotidiano, un lugar donde lo emocional pesa tanto como lo estético. Es el arte de diseñar atmósferas que abracen.
En un ambiente cozy, la belleza no compite con la emoción; conviven en equilibrio. La suavidad de una manta tejida, una luz tenue filtrándose desde una lámpara de mesa, el aroma cálido de la lavanda… Cada elemento cuenta una historia discreta, pero poderosa. No se busca el lujo, sino la calidez que se siente sin necesidad de explicarse.
Me detuve junto a una mesa donde una vasija de cerámica artesanal reposaba casi como una pieza encontrada al azar. La madera cálida, el lino, las fibras naturales y la piedra formaban un lenguaje común: el de la naturaleza hablando en susurros. En un espacio cozy, las texturas no sólo decoran: conectan.
La clave para que todo cobrara sentido estaba en la iluminación. No era una luz brillante ni homogénea, sino una composición de escenas pensadas para emocionar. La luz indirecta delineaba el contorno del espacio, mientras que una lámpara de pie creaba un pequeño oasis de serenidad junto al sofá. Los spots empotrados, regulables, aportaban el toque justo de claridad. Y, por supuesto, las velas: pequeñas brasas que completaban la atmósfera.
Los tonos tierra, el beige, el arena, los grises cálidos y el verde oliva parecían suspender el tiempo. Nada gritaba; todo susurraba. Los colores neutros ofrecían un lienzo sereno en el que cada objeto, cada pieza de decoración, podía respirar y brillar sin pedir permiso. En esa armonía cromática radica el corazón de un ambiente cozy: la serenidad visual que invita al descanso.
Sobre una repisa, descubrí una pequeña caja tallada que perteneció a la abuela de la dueña. Ese objeto, sencillo e imperfecto, tenía más significado que cualquier pieza comprada. Y ahí entendí el verdadero secreto de lo cozy: no busca la perfección, sino la autenticicidad. Los detalles personales son los que transforman un espacio bonito en un refugio emocional.
Vivir en un espacio cozy es un acto de resistencia frente al ruido del mundo. Es elegir lo esencial, lo bello, lo que nos devuelve a casa incluso antes de quitar los zapatos. Es permitir que la luz, las texturas y los aromas nos acompañen al final del día y nos recuerden que aquí —justo aquí— está nuestro refugio.
Imprescendibles de un ambiente cozy
Un ambiente cozy se construye con elementos que inviten a la calma y a la conexión sensorial: tapetes con textura que aportan calidez visual, cojines de distintos tejidos que invitan al descanso y mantas suaves colocadas al pie de la cama o del sofá. Las canastas de fibras naturales y a cerámica artesanal añaden un toque orgánico que remite a la naturaleza, mientras que una paleta de tonos terrosos y neutros ayuda a mantener la serenidad del espacio. La iluminación tenue - a través de lámparas de pie o de mesa - crean atmósfera íntima, y las velas aromáticas completan la experiencia con una presencia calidad y envolvente.
Mis recomendaciones bibliográficas
Para acompañar este ambiente acogedor, dos lecturas ideales son Un cuento perfecto de Elisabet Benavent (2020) - una novela luminosa que habla de amor, la identidad y las segundas oportunidades - y La elegancia del erizo de Muriel Barbery (2006), una obra que invita a contemplar la belleza secreta que habita en la vida cotidiana.
Listos para crear nuestros propios refugios, llenos de aroma, paz y emociones que nos abracen cada vez que volvamos a casa.
Artepuerto
Por Ninfa Romero
La tragedia en los tiempos del trending
Este mes recibí una cordial invitación: se trataba de ser madrina de estreno y temporada de una obra de teatro denominada por sus creadores “independiente”. Fue así como llegué una noche de miércoles a la primera puesta en escena de -Medea Story Time-, que ofreció una versión moderna, lúcida y provocadora, de la tragedia clásica que revisita y trae a Medea al presente entre: aros de luz, likes y emojis, invadida por esa implacable y visceral necesidad de ser hacernos visibles y aparentar plenitud desde estética de la perfección, que frecuentemente confundimos con el hecho de existir, incluso en medio del más hondo dolor.
Desde la primera fila y a pocos minutos de su inicio, este drama escénico me colocó ante el espejo directo de las más genuinas, fascinantes y aberrantes emociones y necesidades humanas; todo atravesado por acentuados estereotipos ancestrales y arcaicos, concebidos desde la renuncia y una conveniente estandarización, que de una u otra forma reiteramos y no logramos soltar del todo, a pesar de que nos limitan y nos inculpan, intentando modelar nuestra esencia y desmembrar nuestro potencial.
Y es que creo que, la esencia humana es, por naturaleza, libre, silvestre e impredecible; y aunque desde temprano aprendemos a vivir en sociedad, a procurar la convivencia y a respetar las reglas que nos permiten compartir el mundo, el problema surge cuando esas normas o instrucciones se vuelven jaulas o mandatos: los arquetipos “femenmascul-inos” nos limitan, nos violentan y nos impiden ser quienes realmente somos, o incluso descubrir quiénes podríamos llegar a ser.
Pero lo más potente creo, fue su lectura crítica de lo social y lo político; entre el acompañamiento y la complicidad irresponsable de las redes de esa “camaradería digital” y el descaro de gobiernos “on demand”, que nos dan lo que, en masa, queremos ver y escuchar, dejando de lado el deber que garantiza el bien de una mayoría. Una metáfora tan contemporánea que incomoda y despierta por lo absurdo —y tristemente gracioso— que nos resulta vernos ahí reflejados.
Aunque nos creamos criaturas súper evolucionadas, seguimos participando de dinámicas que, en lugar de dirigirnos hacia la libertad y la conciencia para avanzar, nos hacen perdernos en la ilusión de progreso, repitiendo patrones con nuevos filtros y etiquetas.
Fue así como una producción teatral verdaderamente eficiente, hecha con poco, pero con ingenio, corazón y talento; supo combinar bien tragedia y actualidad, con un pulso visual y narrativo que no me soltó y me invitó a repensar quiénes somos y cómo actuamos, en esta era tecnológica de pantallas, filtros e inmediatez.
Tal vez el desafío esté en recordar que la verdadera evolución no está en domesticarnos y ser trágicamentecondescendientes o altamente adaptables para pertenecer y ser aceptados, sino en que, más allá del discurso, cada vez más personas estemos dispuestas a convivir desde el respeto sin perder lo que nos hace genuinamente humanos en la práctica diaria.
Una experiencia que, más que una función fue un detonante y un recordatorio de que la esencia humana busca abrirse paso y trascender más allá de apariencias y los relatos que las contienen.
Un remanso… Acercarme al arte siempre ha sido para mí una de las formas más elevadas de amor; un acto donde el tiempo se desacelera, mi mirada se esclarece y mi alma se reencuentra, para volver o para salir disparada de mi centro. Se vuelve también una forma de resistencia: un espacio para reconectar con lo que importa y comprobar que cuando todo es urgente, nada lo es tanto.
¡Bien por el elenco, la directora y el “crew” de producción, que se rifó sorteando las vicisitudes del estreno siempre incluidas en el paquete! Fue lindo acompañar el primer respiro de esta puesta siendo su “ada madrina” de inicio y temporada. En verdad espero haberles atraído gente chida, vibras altas, mucho aplauso y éxitos multiplicados.
Ahí —en ese instante suspendido— es donde el arte vive, hace su magia y cumple su milagro. Se confirma que eso es lo que más necesitamos: momentos que nos inviten a detenernos para experimentar y cuestionarnos, e incluso incomodarnos, con nuestra realidad a través de las artes. Porque si me funciona a mí, le puede funcionar a muchas otras personas.

